Columnistas

Costa Rica cambió armas por cultura

La abolición del Ejército es la mayor hazaña que desde Costa Rica hubiese dictado gobierno alguno

La Razón (Edición Impresa) / Tribuna - Tatiana Vargas Masís

03:57 / 13 de marzo de 2014

El 1 de diciembre de 1948, luego de una dolorosa confrontación armada que dejó unas 2.000 muertes, el presidente José Figueres Ferrer, quien había triunfado en la contienda, se dirigió al antiguo cuartel Bellavista, en la capital, y con un golpe de mazo contra un torreón convirtió el recinto militar en un centro de cultura, donde aún funciona el Museo Nacional.

La abolición del Ejército constituye la mayor hazaña de alcance histórico y cívico que desde Costa Rica hubiese dictado gobierno alguno, y que sin lugar a dudas constituye uno de los actos más significativos y de mayor relevancia que se hubiera adoptado en Latinoamérica a lo largo del siglo XX.

La Historia resalta el hecho de que José Figueres Ferrer fue el único general victorioso que decidió disolver su ejército, quien comunicó la decisión en los siguientes términos: “El Ejército regular de Costa Rica, digno sucesor del Ejército de Liberación Nacional, entrega hoy la llave de este cuartel a las escuelas, para que sea convertido en un  centro cultural. La Junta Fundadora de la Segunda República declara oficialmente disuelto el Ejército nacional, por considerar suficiente para la seguridad de nuestro país la existencia de un buen cuerpo de Policía (...). Los hombres que ensangrentamos recientemente a un país de paz comprendemos la gravedad que pueden asumir estas heridas en la América Latina y la urgencia de que dejen de sangrar. No esgrimimos el puñal del asesino, sino el bisturí del cirujano. Como cirujanos nos interesa ahora, más que la operación practicada, la futura salud de la nación, que exige que esa herida cierre pronto, y que sobre ella se forme cicatriz más sana y más fuerte que el tejido original (…). Somos sostenedores definidos del ideal de un  nuevo mundo en América.  A esa patria de Washington, Lincoln, Bolívar  y Martí, queremos hoy decirle: ¡Oh América otros pueblos hijos tuyos también te ofrendan sus grandezas. La pequeña Costa Rica desea ofrecerte siempre, como ahora, junto con su corazón, su amor a la civilidad, a la democracia, a la vida institucional”.

La abolición del Ejército en Costa Rica se suma a otras decisiones igualmente reconocidas como la  abolición de la pena de muerte, el 18 de octubre de 1877; o la declaración al mundo la neutralidad permanente, activa y no armada, el 17 de noviembre de 1983. En 1987, por la pacificación de Centroamérica, se otorga el Premio Nobel de la Paz al presidente Óscar Arias Sánchez. Esa abolición del Ejército fue el punto culminante de una década de transformaciones sociales en Costa Rica, en que también se consolidaron el Código del Trabajo y las Garantías Sociales de 1943.

“Para admiración de los pueblos latinoamericanos y de otras regiones del globo, este país, pequeño en lo geográfico, hizo gala de una grandeza moral que todavía provoca elogios”, expresó el nuncio apostólico Pierre Nguyen Van Tot en ocasión del saludo del Año Nuevo por la presidenta Laura Chinchilla al cuerpo diplomático el 17 de enero.

Más de 65 años después de la abolición de las Fuerzas Armadas, algunos aún no creen que ello haya sido posible. Para los costarricenses es una contribución a la paz mundial y a la concordia entre las naciones. Una manera de fortalecer las relaciones internacionales.

El espíritu civilista, el desarme, nuestro amor por la paz son reconocidos como parte de la idiosincrasia costarricense, de nuestra cultura. Igual que nuestra fe en la libertad y la democracia, en la defensa del medio ambiente. No es por casualidad que, tanto el Instituto como la Corte Interamericana de Derechos Humanos tengan su sede en Costa Rica y que la Declaración Americana de Derechos Humanos también sea conocida como el “Pacto de San José”.

En Costa Rica celebramos nuestra historia, celebramos los acontecimientos nacionales que nos llevaron hacia una senda de armonía y paz, que 65 años después ha rendido sus frutos. Ya lo decía la japonesa Ryoichi Sasakawa en uno de los elogios más hermosos que se ha dicho sobre el país: “Dichosa la madre costarricense que sabe, al dar a luz, que su hijo nunca será soldado”.

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