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Crecimiento

El crecimiento urbano no significa tener calidad de vida, y mucho menos habitar una ciudad ideal

La Razón / Carlos Villagómez

00:02 / 23 de julio de 2013

Noticias recientes dan cuenta de que la ciudad de La Paz y su vecina El Alto están creciendo considerablemente. La Paz tiene, en estos años del “boom constructivo” más grande de su historia, una saturación de edificaciones y automóviles, que están transformando brutalmente la pacífica vida cotidiana de antaño en un verdadero pandemónium. Por su parte, El Alto es la segunda ciudad del país en crecer aceleradamente. Estos indicadores ponen felices a muchos habitantes, convencidos de la ecuación crecimiento = progreso, y se ufanan de tener, por fin, ciudades casi tan “grandes” como sus ambicionados ideales: gringolandia o cualquier capital sudamericana.

Pues no nos alegremos. Crecer no significa tener calidad de vida, y menos habitar una ciudad ideal. Como mencioné en otra entrega, el fenómeno conocido como macrocefalia urbana (el agigantamiento de las ciudades principales) acarrea distorsiones tales como desequilibrio ambiental, inseguridad ciudadana, carencia de servicios e infraestructura, pobreza extrema, marginalidad, etc. Personalmente opino que el paradigma de la “gran ciudad” corresponde al pensamiento del urbanismo desarrollista (o si se prefiere de urbanistas con mentalidades colonizadas) del siglo XX, y que más bien debemos encontrar una versión para este milenio que conciba la ciudad como un ente equilibrado y coherente con su región. 

En esa línea de pensamiento, entiendo que tenemos las bases para hacerlo. En primer lugar no tenemos los dramas de otras ciudades latinoamericanas. Somos pueblos agrandados de un millón de habitantes, y no las bárbaras acumulaciones de 8 millones de almas de nuestros vecinos. Podemos aún reformular políticas de ocupación territorial.

Segundo, nos sobra territorio. Tenemos tanta tierra que no se entiende por qué nos tenemos que amontonar en cuatro ciudades, despoblando el espacio agrícola. Tercero, tenemos recursos naturales tan diversos y abundantes como para emprender políticas de desarrollo regional de largo plazo y de impacto controlado. Cuarto, hemos logrado bases políticas que permitirían plantear nuevas visiones de desarrollo urbano y regional en respuesta a las 50 décadas de un pensamiento planificador desarrollo entreguista y expoliador.

En suma, tenemos un territorio magnánimo y un proceso político alternativo que pregona el rechazo a los paradigmas del norte. Esta combinación de capital al servicio del pueblo, con una política de transformaciones radicales, puede avizorar un nuevo mapa del territorio boliviano, con una red coherente de ciudades intermedias que devuelvan al ser humano la dignidad del “vivir bien”.

No nos farreemos este momento histórico. El futuro reclama lucidez e imaginación a los estadistas de este nuevo milenio.

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