Columnistas

Criminalizando los sueños

Juana Evangelista no podía traicionar sus principios ni conseguir el sueño   a cualquier precio

La Razón (Edición Impresa) / Weimar Arandia Palenque

01:02 / 28 de noviembre de 2015

Juana Evangelista es el fruto de estas tierras latinas: morena, bien contorneada, de rostro bonito y tamaño pequeño. Vive hace años en Bolivia pero como toda caribeña nació bajo la sombra de su gigante vecino: Estados Unidos. Desde allí llegan las imágenes de progreso y de riqueza que juegan con la imaginación de aquellos descendientes que llegaron forzados por la esclavitud. Su historia está marcada por la humillación, la penuria y las ilusiones de un pueblo que baila mientras las lágrimas caen.

Estados Unidos, con su inglés y su abundancia material aupada por su gran industria cinematográfica, es el sueño de aquellos caribeños de cuna modesta que ven al gigante como la máquina que debe igualarlos social y económicamente. Por eso que es el destino añorado para estudiar, trabajar o disfrutar.

Como tantos dominicanos, Juana Evangelista luchó para un día tener la soñada visa estadounidense. Con el “sagrado documento” emprendió el camino por las nubes para llegar allí y, con la frente en alto, presentar su pasaporte para entrar a ese mundo elitista que es Estados Unidos.

Su alegría duró hasta encontrar a los agentes de migración, que observando su aspecto “latino” y su pretensión de quedarse tres meses entre ellos, parecía sospechoso. ¿Terrorista? ¿Inmigrante ilegal? son las preguntas inmediatas que se generan en la mente de los sabuesos fronterizos.

No tuvo suerte Juanita ni tampoco derechos. En un mundo cercado por el terrorismo, hasta Inteligencia se metió con ella. Prudente como es, los agentes no pudieron sacar ninguna confesión de ilegalidad de la caribeña. ¿Qué lleva en su maleta? Un diario, entre otras cosas quedó en evidencia. ¿Pero es legal leer una pertenencia tan personal? —Aquí en Migración todo se puede—, fue la respuesta seca y amenazante. El diario la delató.

Juanita quería tener un inglés fluido que siempre había anhelado para prestigiarse entre sus iguales y no descartaba ver una fuente laboral como nutricionista en un país conocido por sus desórdenes alimenticios. —Ah, …usted vino a trabajar por aquí—, fue la conclusión del agente lector. Ninguna explicación valió, como ninguna razón vale para los perdedores de este mundo.

Poco más de 12 horas después de haber arribado con una curiosidad adolescente a Estados Unidos, después de ser tratada como una criminal, Juanita fue hacia el camino inverso deportada y con la visa de 10 años cancelada. Desde entonces se rompió un pilar de su mundo porque no quiere ver el inglés, ni nada que haga referencia a los gringos en su vida.

“Me sentí como una criminal, como una terrorista peligrosa, no había pasado tanta vergüenza en mi vida, pero nunca solté una lágrima”, se consuela con orgullo a punto de quebrarse. Juanita cometió el delito de soñar y de luchar por sus ilusiones. La vencieron y la humillaron, sin más razones que su origen social y su vulnerabilidad.

Di que escapas al maltrato conyugal —le aconsejó un agente consternado por la situación—. Juana Evangelista no podía traicionar sus principios ni conseguir el sueño a cualquier precio. Así que cayó de pie y sin una lágrima pero con el alma magullada por el sistema estadounidense que ha perdido todo vestigio de humanidad.

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