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Crisol

La Paz atesora la representación del ethos boliviano; es el reservorio cultural de este país

La Razón / Carlos Villagómez

02:27 / 17 de abril de 2012

Comentaré sobre un imaginario paceño que nos diferencia sustancialmente de las otras capitales de departamento y está empozado en los rincones de nuestra humildad. Lo hago sin ánimos revanchistas y con la fraternidad característica de los paceños hacia los migrantes o visitantes de esta ciudad. Sin más que excusar declaro: la ciudad de La Paz es el reservorio cultural de este país.

En este valle andino se formó una acumulación histórica de nuestras culturas y nuestras artes debido al tesón de sus habitantes que, en el intercambio asimétrico entre lo nuestro y lo ajeno, levantaron este acopio del espíritu boliviano. La dicotomía entre las visiones “arguediana” y “tamayista” (de esos dos portentos de la cultura boliviana de principios del siglo XX) fue la argamasa que soportó este constructo. Hoy, esta argamasa se renueva con otros actores que agudizan las tensiones entre la identidad local y el espacio global. Sobre esta paradoja, la incorporación de personalidades de otras latitudes y del interior del país fue un aporte significativo para formar el crisol donde propios y extraños se encontraron sin reparos ni exclusiones. La Paz fue y será la ciudad boliviana más abierta y generosa con los que llegan de paso o para quedarse y dejar sus huesos. Aquí se armaron libremente debates e intercambios enriquecedores entre la intelectualidad del siglo XX: poetas, actores, filósofos, pedagogos, historiadores, músicos, pensadores o cineastas construyeron en esta ciudad el corpus cultural de esa modernidad boliviana con la que nos reconocen fuera.

Esa acumulación tiene, en este nuevo siglo, una peculiaridad digna de destacar: el consabido “encuevamiento” de nuestra mente. Esta cualidad formada por la mediterraneidad y la presencia mayor de la montaña ha conservado expresiones ancestrales que todos conocemos. Esas supervivencias míticas, idiomáticas y de  cosmovisiones que se dieron modos para subsistir hasta nuestros días, han alimentado este crisol con formas inéditas y particulares que hoy en día nos sorprenden y ponen en entredicho la implacable globalización: las fiestas como Gran Poder, las arquitecturas emergentes de colores y formas delirantes, la exuberancia de nuestra comida o, por qué no, las demostraciones callejeras que, como artes “performativas”, damos día a día.

Entre ese aporte de personalidades del siglo pasado y la producción cultural colectiva de este tiempo, La Paz atesora la representación del ethos boliviano. Quizás sea esta una hipérbole exagerada por las profundas paradojas que esto conlleva; pero es evidente que a las otras ciudades les tomará muchísimo tiempo para formar algo parecido a esta acumulación de cultura e identidad.

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