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Cuarenta años después

El legado de Allende es: sin Estado de derecho no puede haber socialismo democrático ni ningún otro

La Razón / Carlos Antonio Carrasco

00:29 / 14 de septiembre de 2013

El 11 de septiembre parece ser una fecha fatídica, que comenzó en 1973 con la caída de Salvador Allende; prosiguió en 2001 con el ataque a las torres gemelas neoyorquinas, y casi se repite en 2013 si no se para a tiempo la intervención militar en Siria.

El golpe militar en Chile repercutió en el mundo con explicable estruendo, porque terminó con la vida del primer presidente marxista elegido por el voto popular y, además, ello sucedía en un país de larga tradición democrática. Causa estupor pensar que Allende, atacado por el centro (hipócrita) demo-cristiano y por la derecha cavernaria, el día anterior había advertido a las Fuerzas Armadas su intención de convocar a un referéndum para consolidar de una vez por todas su discutida mayoría nacional y escaso margen de gestión parlamentaria. La respuesta fue, evidentemente, adelantar la acción directa que aplaste el intento de innovación socialista que había puesto en marcha el carismático Chicho.

Admirado en Europa por todas las izquierdas y respetado en la órbita soviética, Allende era un paradigma en la lucha antiimperialista, que mostraba una opción con rostro humano al camino de las armas pregonado por el Che. Por eso mismo, al fragor de la Guerra Fría, se constituía en un adversario peligroso para los intereses económicos y políticos norteamericanos, toda vez que usaba los instrumentos democráticos para adelantar su proyecto de justicia social en libertad. Y fueron precisamente los oligarcones demócratas los que golpearon las puertas de los cuarteles, y convencieron a Henri Kissinger la conveniencia de respaldar la interrupción constitucional, a fin de evitar la instauración de una nueva Cuba en el septentrión sudamericano.

Lo que no previeron esos invidentes es que el general Augusto Pinochet no sólo iba a terminar con Allende, sino también con todo aquel que no se avenga a sus ordenanzas militares. Miles fueron los desaparecidos, torturados, muertos y exiliados como resultado de la máquina asesina implantada desde La Moneda. La mano siniestra de la inteligencia del Estado (DINA) llegó incluso hasta Washington, donde una bomba liquidó al excanciller Orlando Letelier. Pero el tirano quiso exportar su modelo y consiguió armar la tenebrosa Operación Cóndor, contando como aplicados discípulos a los dictadorzuelos de los países circundantes: Vilela en la Argentina; Stroessner en Paraguay; Geisel en Brasil; generales ignotos en Uruguay y Banzer, el pequeño, en Bolivia. El intercambio de presos políticos, de información y de la tecnología de la delación marchó con paso de parada, y así fue que parlamentarios uruguayos fueron asesinados en Buenos Aires y otros luchadores sociales hostigados en tierras extranjeras.

Pinochet, al cabo de 17 años, perdió el poder enredado en su propia Constitución y tuvo que resignar el mando, repudiado por su pueblo y por la opinión pública internacional. Lo que extraña, asombra y alarma es la supervivencia de esa fauna de civiles que colaboraron con el dictador,  y en bizarra metamorfosis retornaron al gobierno pidiendo, algunos, excusas por los excesos de la tiranía. Eso aconteció en Chile y en menor medida en otros países miembros de la Operación Cóndor.

Cuarenta años después, con la Guerra Fría en el retrovisor, el legado de Salvador Allende es simple: sin Estado de derecho no puede haber socialismo democrático ni ningún otro. Y el balance de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial debe funcionar sin sujeciones humillantes ni manipulaciones aviesas. Allende, con el apoyo del pueblo, no tuvo necesidad de adular a los militares ni a los carabineros, porque sabía que los uniformados estarían siempre agazapados para capturar el mando, cuando la ocasión propicia se presente, particularmente en la vulnerable América Latina. Hoy mismo, Honduras y Paraguay son sendos aperitivos para zarpazos en países más grandes.

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