Columnistas

Cuarenta años de un manifiesto

El rol de ese manifies-to del 30 julio de 1973 fue vital a la hora de construir alternativas revolucionarias

La Razón / A fuego lento - Édgar Arandia

01:10 / 13 de enero de 2013

El cielo del altiplano en invierno me recuerda los azules luminosos de Van Gogh, el viento despedaza las pocas nubes y nos da la impresión de que el mundo se estuviera moviendo más rápido. Así también es la sensación de los años, y 40 años ya no parecen tantos, y sin embargo pesan.

El 30 julio de 1973, en Tiwanaku, se reunieron miembros del Centro de Coordinación y Promoción Campesina Mink’a, de la Asociación de Estudiantes Campesinos de Bolivia, del Centro Campesino Túpac Katari y de la Asociación de profesores campesinos. Juntos elaboraron un documento que fue una referencia importante en la formación de las corrientes indianistas y kataristas de esa etapa, en la que gobernaba la dictadura banzerista, coludida con las fuerzas más retardatarias.

Este manifiesto fue difundido no solamente dentro del país, sino que su repercusión llegó al exterior y fue acogido y reconocido por el Tribunal Russell ese mismo año. Llegó a las universidades y a los grupos de resistencia durante la dictadura y fue, en muchos casos, relegada. Sin embargo, su importancia fue vital a la hora de construir alternativas revolucionarias. Es un documento que recoge los insumos doctrinarios de lo que serían después las semillas para la aparición de varias organizaciones políticas, que reivindicaban las culturas originarias como el primer valor desde donde se deberían construir las políticas sociales, educativas y económicas.

Su introducción comienza con una frase atribuida al inca Yupanqui dirigida a los españoles: “Un pueblo que oprime a otro pueblo no puede ser libre”; y concluye el párrafo: “Nosotros, los campesinos quechuas y aymaras, lo mismo que otras culturas autóctonas del país, decimos lo mismo. Nos sentimos económicamente explotados y cultural y políticamente oprimidos. En Bolivia no ha habido una integración de culturas, sino una superposición y dominación, habiendo permanecido nosotros en el estrato más bajo y explotado de esa pirámide”.

El capítulo Nuestra cultura como primer valor, empieza con una afirmación contundente: “El proceso verdadero se hace sobre una cultura. Es el valor más profundo de un pueblo. La frustración nacional ha tenido su origen en que las culturas quechua aymara han sufrido siempre un intento sistemático de destrucción. Los políticos de las minorías dominantes han querido crear un de-  sarrollo basado únicamente en la imitación servil de desarrollo de otros países, cuando nuestro acervo cultural es totalmente distinto. Llevándose también de un materialismo práctico han llegado a creer que el progreso se basa únicamente en aspectos económicos de la vida.”

Ya, en esa etapa de los surgimiento indianistas e indigenistas, un tema central era iluminar la vida de los seres humanos más allá de la simple codicia acumulativa que destruye los valores; también lo era un acercamiento preciso a la concepción del buen vivir, que después lo desarrollarían Simón Yampara y Javier Medina.

El manifiesto continúa: “Los campesinos queremos el desarrollo económico, pero partiendo de nuestros propios valores. No se ha respetado nuestras virtudes ni nuestra visión propia del mundo y de la vida... El poder económico y político es la base de la liberación cultural.”

Este manifiesto va mucho más allá de la situación del campesinado en la que la habría encajonado el proyecto de mestizaje del MNR, y recala en un proyecto político para la toma del poder. En sus acápites finales anuncia: “No quisiéramos terminar este documento, que ha de ser sin duda el origen de un poderoso movimiento autónomo campesino... los mineros, los fabriles, la clase media son nuestros hermanos…”

A la luz de estos tiempos, podemos asegurar que muchas cosas están cambiando, pero hay un largo camino por recorrer, con muchos problemas que se van gestando dentro de las mismas fuerzas indígenas y el campesinado. Quería adelantarme a rememorar este importante documento que fue —y sigue siendo— una guía. En aquel entonces, yo era un dirigente estudiantil perseguido por la dictadura banzerista y estaba “fondeado” en Tiwanaku, viendo los afanes de estos personajes que la Historia debe reivindicar.

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