Columnistas

Cuarteto para el fin de los tiempos

La Razón (Edición Impresa) / Abrelatas (porque todo nos llega enlatado) - Verónica Córdova

00:00 / 16 de agosto de 2015

Parado sobre cualquier ladera o azotea, uno puede comprobar que indefectiblemente La Paz es un hoyo. Hay quien se atrevió a llamarla fosa común, extremo que solamente algunos días especialmente negros puede parecernos cierto. En los días cotidianos y normales, cuando el frío quema y el sol refresca, La Paz es una olla donde hervimos todos. Vivir en esta ciudad es sentirse a diario como se siente una papa en medio del chairo: acompañada pero jodida; sabrosa y agobiada; apurada por hervir, renegando por todo y por nada; ciega a lo que pasa afuera, pues el aroma del chairo es tan envolvente y la boca de la olla tan alta que termina uno pensando que más allá de este caldo donde vivimos no hay nada.  

Con variaciones en la receta o en el recipiente, algo similar me parece que sucede en cada una de las ciudades bolivianas. Por eso es que los jóvenes buscan desesperadamente maneras de salir de la olla, respirar otros aromas, explorar otros sabores, buscar nuevas combinaciones. Muchos se quedan por allá, siendo aderezo de una comida exótica y ajena. Pero hay otros que vuelven: empapados de vida, llenos de ideas, fortalecidos en sus propósitos, dispuestos a revolucionar el caldo de una vez por todas.

Camila, Sergio, Vania y Bruno son muchachos de esa calaña. Chicos que, además de jugar fútbol, ir al colegio, ver tele o chatear con los cuates, dedicaron una parte importante de su infancia y adolescencia al vicio de la música... de cámara, para colmo de males. Para ellos la trompeta, el violoncello, el piano o el clarinete no son solo instrumentos, sino formas de vida, carreras universitarias, herramientas de trabajo y el nexo que los lleva y trae cada año del mundo ancho y ajeno donde tocan, estudian y viven, al caldo inspirador y limitante que es su patria Bolivia (¡qué viva!).

Aquí, donde la prioridad cada día es tomar el minibús, fotocopiar el carnet o conseguir una pega, parece incomprensible que existan muchachos que quieran cambiar el mundo a través de la música... de cámara, por si fuera poco. Chicos de veintitantos años que convocan a sus amigos del mundo entero a venir cada año, para compartir con Bolivia el don de la música, que a ellos les ha cambiado la vida. Con el cariño más grande seleccionan sus programas, eligen conciertos innovadores, estrenan obras, introducen y promueven a compositores nacionales y latinoamericanos, enlazan su música con otras formas de arte, comparten experiencias con jóvenes músicos nacionales y, sobre todo, abren una ventana hacia el acontecer musical y social del mundo, ese que desde nuestras pequeñas ollas locales a veces se nos pierden.

Sociedad Boliviana de Música de Cámara se ha llamado a sí misma esta comunidad de jóvenes que cada año se plantean el desafío de venir con sus pasiones a este rincón del mundo, para transformar nuestro caldo con nuevos ingredientes, para recordarnos que no solo se vive de pan y fotocopias, que más allá de la olla en la que hervimos hay música, hay juventud, hay brisa, hay entusiasmo. Silencio en Juárez y El Circo y Cuarteto para el fin de los tiempos son algunas de las obras que tocarán estos muchachos en distintos escenarios de La Paz y Cochabamba, entre el 19 y el 26 de agosto. Vale la pena ir, quizá la música puede darnos un respiro, inspirarnos a mirar más alto, llevarnos (aunque sea por un rato) fuera de la olla en la que hervimos.

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