Columnistas

Cuba-EEUU, un matrimonio de conveniencia

Cincuenta años de discordia se desvanecieron con una conversación telefónica de 45 minutos

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

01:35 / 20 de diciembre de 2014

El divorcio entre Estados Unidos y Cuba perduró por medio siglo entre escándalos, recriminaciones mutuas, batallas abiertas como la crisis de octubre de 1963 o el desembarco en la Bahía de Cochinos, y zancadillas encubiertas como la mutua penetración de espías. Todo ello separados por solo 90 millas de aguas marinas que cubanos ansiosos de ganar el “sueño americano” cruzaban hacia Miami, exponiendo sus vidas, alegando querer alcanzar la denominada libertad.

Sorpresivamente, el 17 de diciembre, en apariciones televisivas simultáneas, los presidentes Barack Obama y Raúl Castro anunciaron la reinstalación de embajadas plenas, la liberación de sus respectivos espías atrapados en las mazmorras correspondientes y una serie de medidas tendientes a levantar el embargo, facilitar el intercambio humano y de bienes, particularmente grato para los millones de cubano-americanos residentes en la Florida. Toda esa luna de miel, trabajada confidencialmente los pasados 18 meses, requirió de la mano de Dios, por intermedio de Francisco, su vicario en este valle de lágrimas, de la Cancillería canadiense y de sigilosos diplomáticos de ambos bandos que cumplieron su misión con marcado profesionalismo.

Sin embargo, detrás de todo ese andamio de voluntariosos amantes de la paz, se detectan intereses domésticos en ambas riberas. El anuncio de tan sonora noticia se acordó cuando el informe sobre las torturas y vejámenes contra los prisioneros en Guantánamo cubrían las primeras planas de la prensa nacional y extranjera, mostrando al americano feo en todo su esplendor. Con miras a las elecciones de 2016 y ante la certidumbre de que Jeb Bush pueda ganar la postulación republicana, el levantamiento del embargo le quitaría una sólida base electoral en un estado clave como Florida en el recuento de votos del Colegio Electoral.

En el mosaico mundial, un nuevo actor, el Estado Islámico, ha tomado el lugar del enemigo principal, y es hora de cerrar frentes inútiles y consagrarse a la destrucción del más fiero terrorismo. Finalmente, Obama, con esta medida, retoma la iniciativa y cumple sus promesas electorales,  como ya lo hizo con temas  sobre inmigración, cambio climático e Irán,   desafiando a sus absortos adversarios republicanos que pretenden frenar su ímpetu en el Congreso.

A su vez, Raúl Castro, con el soporte venezolano disminuido por la caída del precio del petróleo, una economía estancada y el surgimiento de nuevas generaciones ansiosas de engarzarse en la modernidad, logra aprovechar una oportunidad de oro para pactar con el enemigo, en un plano de dignidad, de igual a igual, sin admitir el fracaso de un modelo utópico y desubicado en las exigencias de la globalización. Mientras la figura revolucionaria de Fidel se mantiene intacta, es Raúl el encargado de esa capitulación, forzado por la inapelable realidad del universo cruel y mundializado de los mercados internacionales. Por añadidura, la apertura que brinda a la isla el posible fin del bloqueo se convertirá en un hálito de esperanza para todo el pueblo cubano, que ya avizora un proceso de transición para enfrentar el ignoto futuro que se dibuja tras la desaparición de los hermanos Castro.

El histórico acuerdo, además, confirma que una diplomacia de resultados, que no debate por la prensa, porque las negociaciones deben tener las fundamentales condiciones de secreto, de flexibilidad, de oportunidad en el tiempo y el espacio y, sobre todo, de contar con operadores idóneos que inspiren fe y confianza en sus interlocutores. Cincuenta años de discordia se desvanecieron mediante una conversación telefónica de 45 minutos, que selló un matrimonio de mutua conveniencia.

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