Columnistas

Cuba y su nueva revolución

El gran potencial de Cuba es su instrucción, pero en contra incide la falta de eficiencia

La Razón (Edición Impresa) / José Rafael Vilar

01:12 / 10 de noviembre de 2015

Siendo los mismos hemos empezado a ser otros”. (Palabras de Roberto Verrier Castro, director de ProCuba, en la presentación de la marca pero aplicables también al país). En diciembre de 2006 La Habana era la expresión del fracaso de un modelo basado en la ideología y no en la economía: carestía, ineficiencia generalizada, descontrol… apatía del país. Nueve años después, los cambios son perceptibles: a pesar de sus calles penumbrosas y con repetidos baches, florecen los anuncios lumínicos de emprendimientos privados (algo impensable antes); los que trabajan en ellos recuperan la eficiencia; el cubano de a pie tiene expectativas positivas de desarrollo (aunque no entienda el cómo, el “vamos mejorando” es un mantra); la ciudad (meca del turismo, pilar fundamental de la economía) empieza a estar más limpia y junto a las consignas de siempre (menos confrontacionales) se oye, aún a sotto voce, el remake “¡Cuba sí, yanquis también!”.

En 2006 Raúl Castro Ruz accedió interinamente a la presidencia del país, pero no fue hasta 2008 que la asumió efectivamente y 2011 cuando tomó la dirección del Partido Comunista, cerrando el ciclo de ejercicio del poder que, con distintas denominaciones, su hermano Fidel había ejercido durante cinco décadas. Castro Ruz, el menor, inició un ciclo pragmático de cambios progresivos y cada vez más acelerados del sistema socioeconómico marcado por los subsidios y la ineficiencia a otro eficiente, incluyendo el desmantelamiento de estructuras estatales que frenaban el desarrollo económico y comenzando por la propia mentalidad pretendidamente “igualitaria”. Una de sus expresiones simbólicas fue la designación de un civil (tampoco líder “histórico”), Miguel Díaz Canel Bermúdez, como segundo en la estructura del Estado, aunque, posiblemente, hasta el momento con más poder nominal que real.

En estos días, fui invitado en La Habana a la presentación que hizo Rodrigo Malmierca Díaz, ministro de Comercio Exterior y la Inversión Extranjera, de la Cartera de Oportunidades de Negocios para la Inversión Extranjera en Cuba (casi 400 proyectos prioritarios pero no excluyentes en 12 sectores económicos, entre ellos considerados estratégicos como turismo, petróleo y agroalimentos) y el Directorio Comercial, una acentuada apertura respecto a años anteriores y sostenida sobre la Ley 118 de inversión extranjera.

Toda esta revolución económica se ejemplifica en el éxito de las transformaciones que desde el poder sucedieron ya en China y Vietnam, donde para mantener sus cuotas de poder político necesitaron abrir el acceso al poder económico para crecer sin planificación centralizada ni subsidios; también es la única opción después de haber perdido los padrinazgos de la desaparecida Unión Soviética y, más cerca, de Venezuela, y no tener ningún otro posible. Importante fue, sin duda, el inicio del descongelamiento de las relaciones entre Cuba y EEUU y el paulatino desmantelamiento del bloqueo.

El gran potencial de Cuba es la instrucción de su población, pero en contra inciden la falta de eficiencia y productividad, servicios deficientes y caros (comunicaciones, bancarización, etc.), estructuras y mentalidades obsoletas. Sobre todo, es el momento confrontacional entre quienes entienden que hay que avanzar, los que se desesperan aceleradamente y los que quieren que nada cambie. Pero esta nueva revolución es irreversible, como reafirmó Malmierca Díaz.

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