Columnistas

Cueca y muerte

Se trata de una historia de amor y de muerte, sin que la política pueda quedar fuera, claro

La Razón / Ana Rebeca Prada

01:00 / 07 de diciembre de 2011

No pueden contarse las formas que ha adquirido la muerte en la representación artística visual y escénica a lo largo de la historia. Las que nos vienen a la mente son seguramente los esqueletos de las danzas macabras del siglo XIV y XV en Europa, y la obsesiva figuración de la muerte en el barroco a través de los esqueletos y calaveras de las vanidades. Sin embargo, el arte del memento mori existe desde la antigüedad y hasta nuestros días.

Pensemos en las fotografías post mortem, tradición del siglo XIX y principios del XX, que escenifican los cadáveres en cuanto a tales o como si siguieran vivos. Pensemos, por otro lado, en el cine, en el maravilloso El séptimo sello de Bergman y la representación de la muerte como un hombre de cara muy blanca, completamente cubierto de negro, que es retado a una partida de ajedrez por el caballero Antonius Block, quien debe ganarla para no ser llevado al más allá. La muerte cubierta con capa de capuchón negro y cargando la guadaña, lista para la siega siniestra, es tal vez una de las encarnaciones más clásicas, sin desdeñar a la muerte de alas oscuras, que refiere al ángel de la muerte. Recordémosla en Amor y muerte de Woody Allen (cubierta toda de blanco) y en Scoop, esta vez sí de negro, remando a la manera de Caronte, conduciendo a los difuntos a su destino final. En el teatro tenemos, claro, a Hamlet: la muerte está en la calavera de Yorick, en el fantasma del padre, en el cuerpo ahogado de la dulce Ofelia, y en el veneno que se lleva al usurpador, a la reina y al propio príncipe.

Un género al que no le es para nada extraña la muerte —y en este caso íntimamente ligada al amor— es la ópera. El compadre, de Nicolás Suárez, no es una excepción; se trata de una historia de amor y de muerte, sin que la política pueda quedar fuera, claro. El tercer acto tiene que ver con el profundo dolor del personaje principal en vista del alejamiento de su flor más amada, con la aceptación del advenir de la muerte y con la entrada en escena de su personificación: una esbelta mujer ataviada de elegantes pollera y manta negras. La escena de la cueca que bailan estos dos personajes es de una belleza inusual: esta vez es la mujer la que desplegará el arte de la conquista en torno al condenado y será éste el que finalmente se rinda y entregue.

La música que Suárez toca en el piano proyecta una tonalidad algo desencajada, marcando el compás de tan siniestra y hermosa danza. Pocas veces he visto una escena de tanta intensidad y hermosura en el arte boliviano, y una tan deslumbrante y efectiva representación de la parca en un lenguaje tan propio. Y no se quedan atrás la escena de la masa doliente que se acerca al féretro del líder popular mientras él camina con ella (a la manera de Sebastián al final de La nación clandestina) y se queda a espectar su propia despedida; y el solo de charango que un entristecido seguidor toca al lado del ataúd, cuando ya todos han partido, mientras el compadre mira desde cierta distancia.

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