Columnistas

¿Cultura por delincuencia?

Si el objetivo fuese  ‘preventivo’, debería dar lo mismo que un muchacho toque  violín o mohoceño

La Razón (Edición Impresa) / Cergio Prudencio

00:03 / 15 de diciembre de 2013

En las últimas décadas se ha generalizado la premisa de financiar programas culturales con fines de prevención social. Y también se ha generalizado el argumento de la prevención social para lograr financiamiento. ¿Qué hay detrás de este círculo dependiente?

El razonamiento de base es muy elemental. Se trata de llevar a los chicos y las chicas hacia prácticas artísticas en (supuesto) resguardo de riesgos acechantes en la sociedad moderna. Que hagan música para que no sean delincuentes. Y en ese marco se valida casi cualquier intervención, sin detenimiento en las intenciones de fondo y sus consecuencias.

En el campo de la música específicamente, el “Sistema”, un megalómano proyecto venezolano, canaliza estratosféricos montos de dinero destinados específica y excluyentemente a la proliferación de orquestas sinfónicas. Con variantes, sólo de proporción, el modelo ha cundido en casi todos los países latinoamericanos. En Bolivia también, desde luego.

El proyecto, enunciado en su alcance supuestamente terapéutico, es sostenido por diversos canales internacionales, entre otros un organismo como la CAF que —por contraste— deniega recursos a emprendimientos que no se sujeten conceptual y técnicamente a aquel modelo central.

Si el objetivo fuera realmente “preventivo”, debería dar lo mismo que un muchacho toque violín o mohoceño, tuba o trutruca, fagot o gaita, timbales o cuica, ¿verdad? Pero como no es así, el propósito se desnuda en la suplantación cultural. A estos misioneros contemporáneos no les inquieta genuinamente la vulnerabilidad de nuestros nuevos habitantes; les atormenta que ellos sigan pensando, sintiendo y expresándose fuera del patrón cultural dominante. Porque el capitalismo se expande más fácilmente cuando no encuentra barreras idiosincráticas que obstruyan su curso avasallante.

Se hace necesario recordarlo: los “pobres” tenemos cultura; somos conscientes de nuestros orígenes y de nuestras fuentes, producimos formas de autorrepresentación, proyectamos valores y credos, hablamos con el mundo —aunque no siempre en equidad— pero así y todo erigimos identidad.

Nuestros chicos entonces ¿están en riesgo porque no tienen cultura? Eso es una falacia. Están expuestos a peligros derivados de las acciones de un orden hegemónico condicionante y segregacionista. Es decir, debido a factores políticos. Porque no es para el buen desarrollo de nuestras cualidades propias y particulares que los fondos profilácticos se brindan, es —más bien— para homogeneizarlas con los estándares globales de una cultura única.

Dejo dicho enfáticamente: aquí, en la vastedad del mundo “pobre”, celebramos cultura cotidianamente, en las calles y en los cerros, en los campos y debajo de los puentes, en los teatros y en las estaciones, en cada tiempo del año y de los días. Y lo hacemos con y por amor. No saldremos a delinquir por no habernos convertido al sinfonismo. Seguiremos cantando, en nuestros idiomas, con nuestros instrumentos y con otros instrumentos, para nuestros hijos y los hijos de los otros, por la alegría de ser diferentes.

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