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Cultura y espectáculos

La lección es simple, hay cosas que no me gustan y que, sin embargo, son muy valederas para otros.

La Razón (Edición Impresa) / Jaime Iturri

00:03 / 22 de julio de 2016

Sentado en mi oficina. Frente a mi silla se encuentra la tele que, por supuesto, está en ATB. Mientras leo o escribo a ratitos monitoreo la programación. De pronto, un grupo canta Yo te quería porquería. Ante semejante muestra de capacidad poética, bajo al estudio a sugerirle al productor que no pongamos ese tipo de productos. De pronto y, una vez más, me doy de narices con la realidad: en las puertas del estudio Uno hay una cola de trabajadores del canal. Vienen de Comercial, de Producción, de Técnica y hasta de Prensa. Todos ellos buscan autógrafos del grupo de los despechados que alguna vez quisieron a una mujer a la que ahora denostan. La lección es simple, hay cosas que no me gustan y que, sin embargo, son muy valederas para otros.

Lo propio pasa con el tema de cultura y espectáculos. ¿Cuál es el límite? ¿Por qué Luzmila Carpio, a quien admiro, es cultura, y los grupos de los llamados laiku laykus son espectáculo? Ocurre que tenemos un concepto elitista del primer término. Ya lo decía un examigo mío hace como 30 años: los que gustan de Benedetti, Galeano o Jorge Amado son culturalmente cero.

Claro, creemos que la cultura se pasea por las frías bibliotecas o por los pasillos de las universidades. Pero la realidad es que en las noches se fuga a los arrabales y ahí se llena de luz. Quienes juzgan cierto tipo de cultura popular como solo espectáculo olvidan que el tango o el jazz fueron denostados en su momento por ser música de prostíbulos, de gauchos o de negros. Hoy, el tango se enseña en prestigiosas escuelas internacionales y la mundialmente famosa Universidad de Berkeley tiene una licenciatura en jazz.

Otro ejemplo, Herman Melville, el célebre autor de Moby Dick, apenas pudo vender un puñado de libros en vida. Murió alcoholizado y martirizado por este hecho. Y hoy Moby Dick encabeza el canon de la literatura norteamericana. Esa historia de la ballena blanca y del capitán obsesionado con cazarla debería alertarnos. Eso no quiere decir que muchas creaciones no lleguen a elevarse a belleza y desaparezcan en las arenas del tiempo, pero ése es otro tema. Así que juzguemos menos y aceptemos que ciertas formas culturales que no nos gustan no tienen que ser menos que las que nos agradan. Y disfrutemos del siglo XXI al que, como su predecesor, le corresponde también el término de cambalache, donde conviven “la Biblia con el calefón”. Y donde, para bien, los llamados “ignorantes” (en realidad poseedores de otros saberes) nos han igualado.

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