Columnistas

Cursilería

El esfuerzo por descolonizar el Estado y la cultura no ha tenido éxito en erradicar la cursilería

La Razón (Edición Impresa) / Reymi Ferreira

01:01 / 03 de enero de 2014

La historia de la República está salpicada de acontecimientos en los que los caracteres churriguerescos y cursis de la élite alienada les hacía asumir poses que no estaban acompañadas de acciones. Tal parece que el viejo adagio adoptado por las autoridades coloniales respecto a las “Leyes de Indias” que “se acatan pero no se cumplen”, sigue operando en las esferas estatales.

El esfuerzo por descolonizar el Estado y la cultura no ha tenido éxito en erradicar la cursilería, caracterizada por la simulación, la actuación formalista para el público.

Quizás donde mayor claridad se nota la cursilería es en la Policía, verbigracia: el policía que detiene a un conductor, con solemnidad que impresiona, hace saber al chofer lo grave de la infracción, para luego olvidarse de todos los artículos infringidos por la coima que recibe. En las “revisiones técnicas”, un policía hace cuestión de Estado porque un botiquín de primeros auxilios no cuenta con alcohol, mientras por las carreteras circulan camiones sin luces conducidos por choferes ebrios. El Órgano Judicial, la Fiscalía, los agentes municipales son una interminable red en la que, salvando excepciones, se utiliza el rigor de la formalidad para extorsionar.

La historia nuestra está llena de cursilería, y claro, no todas están signadas por la corrupción. También hay conductas cursis porque los involucrados creen que esa es la pose patriótica. Se me viene a la mente el caso de un oficial del Ejército en la época de las guerrillas del Che, caído en una emboscada, y en cuyo diario se leían fanfarronerías tales como el de ofrecer como trofeo la cabellera de un guerrillero para su amada. En la Guerra del Chaco la cursilería en algunos casos se confundió con heroísmo, como el de aquel oficial que para no caer preso por los enemigos se disparó un tiro, en lugar de seguir peleando, siendo capturado para morir delirando en manos de enfermeras paraguayas. El presidente Melgarejo amenazó a sus coraceros con volarse los sesos si no lo seguían, y en acto tragicómico se apuntó a la cabeza con un arma; para mala suerte del país, los soldados lo siguieron.

No dejan de ser cursi los aspavientos y discursos de los opositores al Gobierno, pero que tras bambalinas negocian con el mismo, como recientemente lo denunció un ministro. Últimamente hizo noticia la cursilería de un expresidente que se arrodilló junto a un niño prometiéndole luchar contra la reelección presidencial. Y ojo, la cursilería no sólo está en la oposición, existe en el oficialismo, porque aunque tiene diferentes fuentes y formas, la cursilería es una práctica colonial, que el sincretismo ha mantenido. El tema es profundo y nada superficial, y bien daría para un trabajo monográfico de largo aliento.

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