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El Dakar

En cuanto a la defensa de los derechos humanos, Sean Penn debería empezar por casa

La Razón / Reymi Ferreira

00:53 / 24 de mayo de 2013

Es sorprendente cómo algunos actores pueden fungir como héroes o villanos indistintamente. Tan pronto son abanderados de la lucha por la soberanía de los pueblos y al poco tiempo sus principales detractores.

Sean Penn, a quien se lo declaró embajador honorífico de Bolivia en varias causas en el extranjero y se lo recibió como amigo en el Palacio de Gobierno, ahora, sin anuncio previo, comete un despropósito mayúsculo al intentar chantajear al país con la competencia del Dakar si en Bolivia el Órgano Judicial no permite el viaje del ciudadano estadounidense Jacob Ostreicher. Al margen de la inocencia o no de Ostreicher, independientemente de lo justo o injusto de la actuación de los operadores de justicia del país (que habrá que admitirlo tienen muchas deficiencias), es inadmisible siquiera considerar un chantaje de semejante naturaleza que se hace sobre el supuesto de que el país va a ceder a su condición soberana por una competencia deportiva.

Desilusiona constatar que ciudadanos norteamericanos críticos con su propio sistema reflejen en su conducta la típica mentalidad imperial de los que creen, como el secretario de Estado de EEUU, John Kerry, que América Latina es su patio trasero. Y no es el cursi y consabido lamento antiimperialista el que nos mueve a cuestionar el chantaje, sino la decepción que provoca comprobar que el modelo mental del imperio es asumido incluso por aquellos que por lo menos en cámara renegaban contra un sistema que considera al mundo su dependencia; y a su Gobierno, el sheriff universal.

No se puede negar que gracias a las denuncias sobre las irregularidades del proceso contra Jacob Ostreicher se develaron los tenebrosos actos de extorsión y corrupción judicial y parajudicial. Hasta esa parte de la película el aporte de Penn fue notable, el guión se jodió cuando de paladín de los derechos humanos se convierte en vulgar chantajista y asume las poses típicas del Gobierno de su país, que se considera habilitado para desconocer la dignidad y la soberanía de otras naciones.

En la defensa de los derechos humanos, Penn debería empezar por casa. Hace una década, sin que medie orden judicial alguna, ni sentencia, ni proceso, cientos de prisioneros afganos, iraquíes y de otros países árabes se hallan detenidos en condiciones infrahumanas en las cárceles de Guantánamo, base militar estadounidense en Cuba, sin saber a ciencia cierta hasta cuándo van a estar allí, y sin que se sepa cuántos ya han muerto. Son más de 4.000 los niños muertos por bombardeos norteamericanos en Afganistán, y no cesan hasta la fecha. Si hubiera voluntad sincera de denunciar graves violaciones a los derechos civiles, Penn no necesita salir de su país, él es ciudadano del principal transgresor de los derechos humanos del mundo.

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