Columnistas

Danzarín, víctima y periodista

Mi madre estaba entre las más de 90 personas heridas por la caída de la pasarela

La Razón (Edición Impresa) / Rubén D. Atahuichi López

02:52 / 22 de abril de 2014

Había terminado de bailar/saltar en los Tobas Zona Sud ese Sábado de Peregrinación (el Domingo de Carnaval ya no lo hice); junto a mis hijos, a las 18.00 debía dar alcance a mi mamá y a mis hermanos en las graderías de la Avenida del Folklore, en Oruro. Algo divino —o simplemente extraño— me impidió, como pocas veces, ser impuntual.

No había contado esto en su momento debido al fuerte sentimiento de dolor y desesperación que sufría, como mi familia. Mi madre estaba entre las más de 90 personas heridas por la caída de la pasarela; ahora se recupera con creces de dos operaciones quirúrgicas.

En estas circunstancias, uno entiende cómo de indolentes somos los mortales: periodistas, cámaras y micrófonos inclementes ante los que sufren (¡qué les va a contar Matilde si apenas balbucea qué le duele!); opinión pública implacable ante la fe y el orgullo de un pueblo, y autoridades, dirigentes y orureños intolerantes ante la libertad de expresión.

Tras la fatídica información, en lo primero que pensé ese día fue en un accidente fortuito y un milagro de Dios y la Virgen del Socavón. Tremenda caída de la pesada vía pudo haber destrozado a mi madre; hizo un corte milimétrico del asiento contiguo, rasgó sus prendas y la jaló bruscamente sobre los fierros, de ahí el desgarro y las costillas y las vértebras fracturadas.

No culpar a nadie, para qué llenarse de energías negativas cuando aquéllas debían invertirse en la salud de mi santa madre. Aunque la gente y los medios ya dieron su veredicto, quizás sin muchos argumentos técnicos ni jurídicos digo que si los encargados del control de la pasarela evitaban que el centenar de personas se detuviera en ella, otra era la historia; ese centenar de gente colapsó la estructura bailando sobre ella justo cuando pasaba la Diablada Ferroviaria.

Días después del accidente, una caricatura del gran Al-Azar (Alejandro Salazar) publicada en La Razón causó indignación en algunos sectores de Oruro. Si bien me pareció una fuerte crítica al Carnaval en medio de nuestro dolor particular y de muchos que incluso perdieron a sus seres queridos en la tragedia, entendí con absoluta convicción que el dibujo era una respetable opinión, sin ánimos de causar daño alguno.

Sin embargo, iracundos, los mineros cooperativistas habían amenazado con tomar las instalaciones del diario en Oruro si es que en las 24 horas siguientes no se retractaba por el dibujo y otras organizaciones advirtieron con enjuiciar a sus editores. El mismo líder orureño del gremio se encargó de las amenazas hasta personales cuando le hablamos, y no quiso comprender que lo que pretendía su organización era un ataque a la libertad de expresión. Y cumplieron su palabra, atacaron las oficinas y evitaron en parte la circulación del periódico, hechos que no inmutaron a las organizaciones de los medios y los periodistas.

Tengo una indignación sobre el caso: me duele el sufrimiento de mi madre, me duele Oruro (y su Carnaval) y me duelen la intolerancia con la libertad de expresión y el silencio institucional sobre ella. Me duele por triple partida: danzarín orureño, hijo y periodista.

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