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Dar

Su oficio para vivir  era dar, brindar, apoyar... porque ese era el nombre que le regalaron sus padres.

La Razón (Edición Impresa) / Adalid Contreras Baspineiro

04:35 / 01 de diciembre de 2016

Nos quedamos varados en ese mar de sal sin más horizonte que un cielo azul intenso transformado paulatinamente en una caja negra albergando un concierto de estrellas saltarinas. Él, grabadora en mano parecía entrevistarle al cielo, o a la nada. —¿Qué grabas?, le pregunté. —¿No escuchas?, me dijo, ¿no escuchas el silencio?, ¿no escuchas a la Pachamama? —Ya van a venir, no se preocupen, nos dijo. —¿Quiénes?, le preguntamos. —Surgirán de las sombras, respondió, y nos darán calor y esperanza. Y no paró de relatar en quechuaymarañol sus cuentos de aparecidos que pasaban de la imaginación al realismo con la complicidad de las piedras reventándose con el frío o el silbido quejumbroso del viento helado. Nos obligamos a acurrucarnos para no ser tragados por los espantos de nuestra imaginación. No se equivocó, surgieron de las sombras narradas para darnos calor.

Aún no amanecía cuando llegaron. Habían escuchado por la Radio Bolivia que llegaríamos a descansar en Coipasa, y como no aparecimos, caminaron la noche hasta encontrarnos. —Escúchalo, es él, se decían alborozados. —Habla igualito que en el Cuento Qhepi. ¡Es Donato Ayma Rojas! No se equivocó, salieron de las sombras para regalarnos luz y esperanza.

A inicios de 1980 nos tocó evaluar la experiencia de educomunicación popular del Instituto de Investigación Cultural para Educación Popular y Radio Bolivia, que promovían “el desarrollo a partir de su propio rollo” en las comunidades, ayllus y markas del Oruro profundo. Donato, quien fue designado como nuestra “contraparte”, tuvo el cuidado de anunciar por la radio el cronograma de nuestro periplo de dos meses inolvidables.

Más que contraparte ganamos un colega, o mejor, un maestro. Allí donde llegábamos lo (re)conocían por su voz, aunque no lo hubieran visto nunca. Alto, mastuco, de ojos que se achinaban cuando hablaba con su vozarrón que no necesitaba parlantes para escucharse, y siempre grabadora en mano, sabía cautivar con sus preguntas, sus relatos, sus poemas y sus canciones.

Nos condicionó a trabajar una metodología participativa con el justificativo de que la evaluación, así como la educación y la comunicación, es un ayni, es decir, un acto de reciprocidades en el que las comunidades nos dan información valiosa sobre su vida y nosotros deberíamos ofrecerles el conocimiento de un mundo que les es ajeno.

Y Donato, multilingüe, hablaba de la coyuntura, y alfabetizaba, y comparaba, y desafiaba, y preguntaba con el dominio práctico de la pedagogía liberadora freiriana basada en la expresión de la palabra. No importaba si era un aula o el local del sindicato o la cancha de fútbol, se convertían en espacios educativos lúdicos y de interacción comunicativa. Ese era el verdadero y real momento evaluativo y no nuestras encuestas rigurosa y “científicamente” estructuradas. Orientaba, preguntaba, aprendía y en realidad no se iba, sino que dejaba huella en cada comunidad, enganchándola con el mundo a través de la radio.

Años después, recordando esta experiencia, me reveló que asumía que su oficio para vivir en convivencia era dar, brindar, apoyar, porque ese era el nombre que le regalaron sus padres y la naturaleza: Donato (D) Ayma (A) Rojas (R). No se merecía morir abandonado en una calle porque su vida fue un ayni entre su extraordinaria calidad humana y la correspondencia cariñosa de un pueblo que le habla al mundo en sus palabras. Salvo que tal vez el destino haya querido sellar con los sonidos del silencio la reciprocidad entre Donato y la Pachamama, que emergió en la noche para darle calor y esperanza. Te imagino, grabadora en mano, recogiendo las voces de la eternidad. Te vamos a extrañar amigo.

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