Columnistas

David

Optó por ser ministro de relaciones interiores sin dejar de cumplir las funciones de intérprete de Bolivia.

La Razón (Edición Impresa)

00:26 / 30 de enero de 2017

Durante 11 años, Bolivia tuvo un canciller que se negó a someterse a las ataduras del organigrama estatal. David ha sido hasta hace solo algunas semanas el jefe de la política exterior que más delegaciones recibió en su despacho. Sin embargo, sus visitantes no eran destacamentos de tiesos diplomáticos, sino batallones de dirigentes sindicales; ponchos, sombreros y ojotas deambulando por un edificio que solo les fue sirviendo de mullida alfombra de paso. Fue criticado por eso. David optó por ser ministro de relaciones interiores, lo que más le gusta, aunque sin dejar de cumplir, en su abundante tiempo extra, las funciones de intérprete de Bolivia ante el mundo. Veló por la paz social puertas adentro, y delegó funciones a quienes siempre soñaron con moverse fuera del país. Mientras caminaba por las comunidades en su calidad de solitario ministro indígena, entregó tareas vitales a expertos como Pablo Solón, Carlos Mesa, Rodríguez Veltzé o Gustavo Rodríguez. No fue autoridad sectaria, autocentrada en su estirpe. Abrió puertas e hizo los pases necesarios para que otros marcaran los goles. Durante la marcha en defensa del TIPNIS, se rehusó a ser clasificado como secuestrado, y días después plantó firme la urgencia de echarse para atrás. Meses antes fue espléndida su reacción ante el gasolinazo. Movió su energía solo cuando era indispensable y no fue más allá, porque para él: “Evo, hay uno solo”.

Si hacemos el balance meditado, Bolivia no perdió mucho con esa duplicación de tiempos y tareas. Su voz suave fue escuchada en los foros mundiales y no tuvo que pasar mucho hasta cosechar elogios “por hacer tanto siendo un país tan chico”. David estaba ahí, sin escalofríos sectarios, con su generosidad llana hecha de paciencia y largos silencios. Para mí, que no soy nadie, fue un canciller a toda máquina. Me tocó ayudarlo en un periodo breve, el pestañeo de una vida, y soy su deudor por un mar de aprendizajes.

David aterrizó en Nueva York. Fui a esperarlo como quien aguarda a un primo cercano, en medio de la gente común que mira ansiosa en las pantallas luminosas buscando el vuelo correcto. Salió entre las hileras humanas, con un maletín diminuto, viaje de una noche y un día. Tomamos un taxi para cruzar los puentes, mientras la noche ya aplacaba todo gesto o raudo movimiento. Lo escolté a un hotel modesto en el centro de Manhattan. “Vengo por ti mañana, así desayunamos juntos”. Minutos después recibo la llamada de la secretaria, aterrada e inconsolable. “He cometido un error terrible. La habitación del Canciller no tiene baño privado”. Traté de calmarla. Entendía que no era hora prudente para cambiarlo de aposentos. Trasnochado, intenté imaginar la sorpresa de David recorriendo aquella habitación simple, sin otra puerta que la de salida. Al día siguiente llegué antes a la cita, ensayo vano para amortiguar los daños y salvar la continuidad laboral de mi colega. David meditaba sentado ahí en el lobby, con el maletín recostado sobre el piso. Ya en la mesa, pregunté tímidamente qué le había parecido el hotel. Preparado para extender disculpas, bajé la vista a la espera del golpe: “Muy bueno”, fue la respuesta distraída. Tuve que entrar frontal… “¿y el baño?”. “Por suerte me levanté temprano, así no tuve que esperar”.

David no era un canciller del montón. No sé si la demanda contra Chile en La Haya o la conducción del Grupo de los 77 lo coloquen muy arriba en el recuento de lo memorable. Yo solo lo recuerdo dispuesto a hacer fila con su toalla bajo el brazo, en un pasillo que lleva al baño común de un hotel..

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