Columnistas

Decadencia

Hoy vivimos la decadencia del sector minero y vamos camino de confirmar la vigencia del ciclo vital de las cosas.

La Razón (Edición Impresa) / Dionisio J. Garzón M.

00:13 / 31 de agosto de 2018

Decadencia es un término añejo como la historia, usado para ilustrar el ciclo vital de las cosas, que tarde o temprano termina. Vivimos el último periodo interglaciar que los geólogos llamamos Holoceno, el cual permitió el desarrollo de nuestra especie; la cual floreció en todos los aspectos. Hemos alcanzado un nivel tecnológico muy alto, que para su desarrollo necesita el aprovechamiento de fuentes naturales de energía fósiles, renovables y alternativas; proceso que inevitablemente ocasiona severos impactos en el medioambiente que hoy nos están cobrando una factura muy alta. Vamos camino a un incierto futuro, en el que nuestro legado sobre la tierra como especie será inevitablemente medido y nuestra continuidad, valorada.

En la historia del planeta hubo ya cinco extinciones masivas de varias especies, y el planeta se las arregló para seguir su historia geológica. Esas cinco extinciones remarcan lo anotado sobre la decadencia de los ciclos como mecanismo de renovación vital, y nada asegura que nuestra especie pueda seguir dominando el planeta. Sin embargo, la humanidad actúa como si su permanencia estuviera garantizada. Esta ilusión a lo largo de la historia llevó al debacle a imperios primigenios (maya, azteca, incaico, etc.), al derrumbe de potencias económicas y a la derrota de revoluciones de las cuales solo queda el recuerdo. Parafraseando a Franz Kafka, “toda revolución se evapora y deja atrás solo el limo de una nueva burocracia”.  

Así las cosas, no es extraño que se hable de luchar contra el cambio climático, mientras los jerarcas de las potencias mundiales anuncian de manera simultánea la reapertura de complejos metalúrgicos energizados con carbón mineral. Nos venden la ilusión de acabar con el extractivismo en el camino hacia un mundo industrial más sano y sustentable, pero en la práctica se multiplican nuevas fuentes de producción de oro, plata, cobalto, litio, cobre, grafito y tierras raras, sin las cuales la dura competencia en los mercados emergentes de nuevas tecnologías no podría darse a ninguna escala. Hemos explotado gran parte del patrimonio superficial de estos metales y ya estamos mirando a los asteroides y planetas cercanos como futuros blancos de suministro de materias primas. Se nos impone el conocido eslogan de la maldición de los recursos naturales, pero sin ellos, los sueños de un mundo mejor parecieran ser solo eso: solamente sueños.

Para aterrizar en los temas de esta columna, la minería nacional (tan cerca del cielo y tan lejos de Estados Unidos, como dice el saber popular) no tiene presencia ni está en los ratings de la minería global. Al presente tiene un componente de informalidad tan alto (el 85% de las nuevas fuentes de trabajo creadas están en el sector informal de la minería, según declaraciones oficiales publicadas por La Razón 12.08.18), que pareciera que nuestra principal industria ha vuelto al pasado, en el afán de salir de su condición de exportadora de materia prima y entrar en el circuito del uso tecnológico de nuestros metales.

Este último anhelo resulta fácil enunciar desde un balcón, pero en realidad es muy duro de implementar, sobre todo en los tiempos que corren, cuando la euforia política reemplaza al sesudo análisis de los problemas de la minería nacional. Tocamos el cielo en los primeros años del siglo XX como país minero con los Barones del estaño; sin embargo, hoy vivimos la decadencia del sector minero y vamos camino de confirmar la vigencia del ciclo ineluctable de las cosas.

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