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El ‘Delito de ser periodista’

El ‘Delito de ser periodista’ entró clandestinamente con viajeros de confianza y chasquis ad hoc

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Mansilla Torres *

00:43 / 19 de abril de 2017

En 1978 publiqué en Lima un libro titulado como el presente artículo. Se trataba de una compilación de las fechorías —fechas, fichas y fachas— de la dictadura de Hugo Banzer Suárez (1971-78) contra la libertad de prensa. Es un libro en cuaderno, de 29 centímetros de alto por 20,5 de ancho, de 88 páginas sin nombre de autor ni pie de imprenta. Su justificación y veracidad se precisan en el texto de la contratapa.

El Delito de ser periodista entró clandestinamente a Bolivia con viajeros de confianza y chasquis ad hoc. De 500 ejemplares se dieron 450 a activistas capaces de no preguntar de parte de quién. Se tituló así por un careo, el 30 de enero de 1974, en Tolata, tras la Masacre del Valle. Periodista: —¿Por qué no podemos ir a la zona del conflicto, es delito? Mayor Cordero: —Sí, ahora es delito ser periodista.

Ya serán 40 años de la aparición de ese libro colorado donde están nombres y residencias de 68 periodistas desterrados, izquierdistas por la revolución, la mayoría sin partido, ninguno trotskista. Nunca hubo en Bolivia un gremio con tantos exiliados, jamás. Se nombra a otros 32 comunicadores perseguidos, detenidos o asesinados, como Emilio Mendiola, baleado en una calle de Cochabamba por el agente Gutiérrez Arce, quien dijo cumplir “órdenes de arriba”. Y también la lista de 20 radios sindicales asaltadas y/o destruidas por militares.

El locutor Gonzalo Otero fue detenido en septiembre del 71 y flagelado con crueldad por Andrés Sélich en persona y el agente Balvián. Los de Paz y Justicia y sus familiares lo arrancaron de Chonchocoro y se fue al exilio en Caracas, donde acabó de morir unos meses después.

Hay en el libro 42 titulares de diarios sobre masacres, censuras y clausura de medios. En cinco capítulos se describen métodos de control, manipulación de noticias y atornillamientos del silencio. En la página 2 puse un aforismo: “La censura es la libertad encarcelada; la autocensura es la cárcel de la libertad”.

En 1979, al agarrar un poquito de luz democrática, el diputado Marcelo Quiroga Santa Cruz agitó el libro como bandera y fusil en el Congreso para enjuiciar a Banzer por sus atrocidades. Los fascistas redivivos lo mataron en 1980.

Ahora puedo decirlo. Aquel material me fue dado en Lima por Diego Laneuville, exoblato, amigo, a condición de que no le pida decirme quién lo enviaba. A cambio exigió que si se publicaba, no debía ponerse nombres de autores. Ambos cumplimos esos juramentos. El impresor fue el peruano Julio Dagnino, de Editorial Arte Reda. El gráfico de la portada (dos manos encadenadas a una máquina de escribir) es del artista exiliado José Pepe Luque.

En 2010 leí en internet la bibliografía autoral del oblato Gregorio Iriarte y ahí estaba El delito de ser periodista. ¿Así que era él? ¡Uff!, me libré de la reserva pactada con Laneuville. Gregorio murió en octubre de 2012, pero los miserables asesinos, peones de la Doctrina de Seguridad Nacional y del Plan Cóndor se pasearon impunes por muchos años. Siguen así.

* es periodista.

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