Columnistas

Democracia en la ciudad

Desde 2003 se ha perfilado el novísimo derecho a la ciudad en favor de los grupos más vulnerables

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

00:00 / 11 de diciembre de 2014

Si bien el hombre habita en ciudades desde hace siglos, la urbe sigue acercándonos a un enorme abanico de temas de reflexión, los cuales se contraponen entre su gran cualidad de obra mayor de la humanidad y la negatividad que lleva consigo el ser humano. Una dualidad que se detecta en la conformación de muchas urbes, por ejemplo,  las megaciudades globales, que conviven hoy en un contraste exacerbado de desigualdades que las transforman en escenarios confusos donde se hace incierto todo desarrollo.

A partir de 2003 se ha perfilado un novísimo derecho a la ciudad, entendido también como el derecho colectivo por los grupos más vulnerables. Así, esa tarea nada fácil de dirigir esa realidad representa obligaciones para los gobiernos locales de crear propuestas urbanas de bases democráticas.

En la historia, lo singular de la ciudad democrática no es nada nuevo. La voz del habitante que fue capaz de conquistar su soberanía nace en Atenas, Grecia, a mediados del siglo V. Allí se logra crear un perfecto equilibrio entre los derechos de los individuos y el poder público, una libertad que fue capaz de permanecer vigente durante casi dos siglos. Aquello se extendió a otras ciudades griegas, empero no todas siguieron el modelo ateniense. Lo destacable es cómo ese experimento único e integrador sigue siendo hoy el más singular de la democracia directa. Si bien la economía de entonces fue de gran interés y la base de sustento del Estado griego, su importancia transitó en paralelo con otro tipo de valores como el resaltar las cualidades de la ciudadanía a través de la competencia y el talento como valía personal. Un discurso ético, democrático y moral en la ciudad, el cual algunos pensadores afirman hoy que las urbes del futuro deberían imitar o adoptar si buscan eliminar realidades oscuras como la criminalidad.

En cuanto a las demandas actuales, en ciudades como la nuestra el momento parece oportuno para incorporar nuevas realidades y trabajar arduamente en las periferias o sectores más desfavorecidos, que son un grito de exigencia de visibilidad de las necesidades y requerimientos para una mejor calidad de vida. Para ello, por ejemplo, podrían habilitarse lugares de vida urbana plena donde la población deje de ser solo observadora.

De esa manera, en ciudades centralizadas como La Paz, las propuestas debieran estar dirigidas, por el momento, a las intervenciones urbanas parciales que busquen la unidad urbana y rompan toda centralidad secante creando espacios vitales o centralidades menores. La idea es que esos fragmentos no compitan con el centro urbano paceño, sino que coexistan con proyectos de prácticas menores, pero de movimiento social y económico.

Es innegable que la nueva gestión municipal debe venir acompañada de bríos frescos y propuestas contemporáneas que encaminen a toda la ciudad al siglo XXI. Y para ello es necesario intervenir en sectores sumamente poblados y con suelos expectantes a partir de propuestas urbanas menores (nombradas reiteradamente en anteriores artículos), no solo para cortar las brechas de desigualdades, sino para colaborar en el crecimiento equilibrado de la ciudad democrática. Aquello no quita ni niega una real atención a otros sectores de La Paz que tienen el pleno derecho a la ciudad y su importante desarrollo.

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