Columnistas

¿Democracia interna?

El discurso virtuoso de los estatutos choca a menudo con las prácticas ‘reales’ de los partidos políticos

La Razón / Jorge Komadina Rimassa

00:43 / 21 de noviembre de 2013

Se suele decir que no puede existir un desencuentro entre los principios del régimen democrático y las normas que regulan la vida política al interior de los partidos. Tales principios incluyen a la competencia electoral, la libertad de elección, la deliberación, la vigencia de derechos y obligaciones para los militantes, el control de poder, la  transparencia, la participación y la equidad de género. De hecho, si revisamos los estatutos de las organizaciones políticas bolivianas, encontraremos que esos preceptos están reconocidos como bases doctrinales, en mayor o menor grado.

No obstante, ese discurso virtuoso choca a menudo con las prácticas “reales” de los partidos políticos. A la hora de tomar decisiones, las reglas no-escritas pesan más que los estatutos y las declaraciones doctrinales, ellas suelen codificarse en una cultura política partidaria conformada por creencias y hábitos compartidos y legitimados por los militantes. Se trata, en suma, de un “saber hacer” (una manera de tomar decisiones) que suele revelarse sólo en momentos de gran densidad política, por ejemplo, a la hora de elegir candidatos la elección interna puede aparecer como democrática, pero en general ella ha sido tomada ex ante por una cúpula dirigente y responde a la necesidad de lograr equilibrios corporativos o de facciones.

La vida interna de los partidos tiene diversos teatros. Mientras en el piso de arriba se elaboran discursos éticos y democráticos, en el subsuelo se hace la política “real”: el líder y un pequeño grupo definen la estrategia y toman decisiones consecuentes. Pero, salvo casos excepcionales, estas situaciones no implican una actitud de cinismo, impostura o manipulación, pues la mayoría de los actores políticos, incluidos los militantes, no perciben el tránsito del nivel superior al subsuelo. Ellos creen. Es decir, sus actos están envueltos en la ilusión, en la ideología de la política.

Cada partido parece tener una “marca genética” que predispone a cierto tipo de comportamientos y de estilos. Así, mientras el MAS reproduce permanentemente la cultura política del sindicalismo campesino, Unidad Nacional (como UCS en el pasado) actúa conforme a códigos y estilos empresariales. Sin embargo, también puede reconocerse una suerte de cultura política compartida, en mayor o menor grado, por todos los partidos y agrupaciones ciudadanas, y caracterizada por los liderazgos fuertes, la lucha de facciones, la lógica clientelar y la intolerancia respecto a las voces de los disidentes. La democracia interna no es precisamente uno de los atributos de esa cultura y no por la carencia de normas, el problema es que esas reglas suelen aplicarse siempre de manera discrecional. Concluyo: para renovar el sistema político boliviano, cambiar las costumbres puede ser más importante que cambiar las leyes.

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