Columnistas

Democratizar la comunicación

Qhana enseñó a conocer el sentido esperanzador de la vida contenido en las prácticas de los pueblos.

La Razón (Edición Impresa) / Adalid Contreras Baspineiro

04:21 / 04 de marzo de 2017

Basándose en la trascendencia de las radios mineras de Bolivia, de la radio educativa iniciada en Sutatenza, Colombia, y de los programas en idiomas nativos de las madrugadas en las grandes ciudades, el maestro Luis Ramiro Beltrán solía afirmar que las prácticas de la comunicación marchaban muy por delante de la teoría. Con este desafío, la teoría se esforzó por ponerse al día, pero las prácticas no dejaron de estar siempre adelante por su permanente renovación de la mano de los pueblos buscando visibilizarse y protagonizar la historia.

Entre esas prácticas atesoro en mis mejores recuerdos a Qhana, esa extraordinaria experiencia de educomunicación popular con población aymara campesina y urbana popular en Bolivia, iniciada en los turbulentos años 70 del siglo pasado, cuando el Estado estaba ausente de las zonas más empobrecidas y los pueblos luchaban por la recuperación de la democracia. Una de las lecciones más trascendentes que nos dejó Qhana, cuyo nombre aymara significa luz, claridad, es su sistema de multimedios que empieza su proceso educomunicativo en la contundencia de la pregunta, sigue en el diálogo y los debates que generan las respuestas, hasta proyectarlas en propuestas, reivindicaciones y movilización organizada por un presente que lo diseñan lo más parecido posible a las utopías soñadas como futuro.

El punto de arranque de este proceso de democratización de la palabra era la combinación de la cartilla y del programa radiofónico Qhanatatiwa (amaneciendo), que en sus propios lenguajes mediales ponían en agenda el tema de reflexión y planteaban las preguntas. En complemento el trabajo en comunidades permitía el diálogo directo, mientras que otros programas de radio le ponían contexto al debate permitiendo el diálogo entre comunidades dándoles presencia en el mundo y poniendo el mundo en sus cotidianeidades. Los eventos con líderes en centros de capacitación campesina permitían profundizar reflexiones, aprendizajes colectivos y elaboración de propuestas. Este sistema, a la par del desarrollo tecnológico, fue sumando otras formas de construcción discursiva como el video e internet educativos.

Estos procesos se acompañaban de eventos de reafirmación cultural mediante festivales educativos y otros en los que se integraban diversas comunidades que le daban vida a sus identidades. La fuerza de la organización llevó a Qhana a profundizar su trabajo educomunicativo impulsando proyectos de desarrollo territorial, en los que la producción económica, transformación productiva, intercambio y comercialización no eran concebibles al margen de la organización social y convivencia comunitaria, de las prácticas culturales con sus racionalidades basadas en la reciprocidad y la complementariedad, de la preservación de la naturaleza y su manejo respetuoso, así como de la redistribución colectiva y equitativa. Una experiencia que se adelantó en décadas a la sistematización política y académica del suma qamaña.

Qhana nos enseñó que comunicación no es solo intercambio de mensajes, sino la construcción, de/construcción y re/construcción discursiva de sentidos sociales, políticos, culturales y espirituales que se hacen en la práctica social de la que no se desprende. Qhana nos enseñó a conocer el sentido esperanzador de la vida contenido en las prácticas de los pueblos, así como el valor de la amistad institucionalizada en hermandades por quienes compartimos esta experiencia. Si las políticas se basaran en este tipo de prácticas, las utopías se harían realidad en sociedades plurales de vida en plenitud y armonía, garantistas de los derechos ciudadanos, de la naturaleza y de la palabra.

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