Columnistas

Demolición y memoria

Las memorias patrimoniales, políticas o culturales, que son esencias inasibles de un pueblo perduran.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

01:00 / 11 de octubre de 2016

Pregunta: ¿se pueden desmantelar las memorias cuando se demuelen los edificios? Respuesta: no, y para descargo van algunas demoliciones que pretendieron borrar cultura, extirpar creencias o implantar modelos políticos.

Para las celebraciones del cuarto centenario, en 1948, el alcalde de la ciudad de La Paz, hijo de la aristocracia paceña, demolió el claustro más bello de San Francisco para abrir la avenida Mariscal Santa Cruz con la palabra mágica de los ignaros en la boca: modernidad. De esa joya arquitectónica solo queda un mendrugo. Mucho después, en la década de los 70, el estadio Hernando Siles, obra maestra de estilo neotiwanakota del arquitecto Emilio Villanueva, fue demolido por una dictadura militar para reemplazarlo por una mole de cemento que ahora rebalsa en Miraflores. En vez de buscar otra localización para semejante proyecto, el general golpista ordenó la demolición, soñando borrar toda reminiscencia a nuestro pasado prehispánico. Años más tarde, las dictaduras militares seguían demoliendo. El inmueble de la Federación de Trabajadores Mineros ubicado en El Prado paceño cayó en 1981 cuando el Ministro del Interior, combo en mano, se ensañó con sus muros. Ese nefasto acto quedó inmortalizado en una fotografía.

En estos tiempos, pero con otra tendencia política, intentan borrar huellas culturales e ideológicas con otras demoliciones radicales. Para la Casa del Pueblo y la ampliación de la Asamblea Legislativa se arrasó (con otra fotografía “combo en mano”) patrimonio arquitectónico del centro urbano de La Paz por encima de toda norma municipal y del clamor de sectores paceños. Y últimamente la agenda mediática se saturó con la demolición de un dizque “club nocturno”. El ensañamiento de la pala mecánica me recordó al afanoso combo. No quedó pasadizo secreto ni faraón alguno. Sin embargo, al abrigo de la noche, un colega recogió de los escombros una pieza “patrimonial”. Como quien salva una columna salomónica de un retablo colonial rescató de los escombros el tubo cromado donde innumerables divas realizaron encendidos performances. Sin duda se llevó a su dormitorio una pieza antológica de la nocturnidad paceña.

Este afán exterminador es una lucha permanente entre la materia y el espíritu. Sin embargo, la historia nos enseña que las memorias patrimoniales, políticas o culturales, que son esencias inasibles de un pueblo perduran. Son las evocaciones afincadas en el núcleo duro de los imaginarios, por lo tanto, son ingobernables y tenaces hasta el delirio. Ningún poder político, económico, religioso o militar podrá demolerlas, porque están blindadas por un ajayu pétreo y con él perviven más allá de cualquier interés pasajero.

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