Columnistas

¿Derecho al trabajo?

En algún momento quizás entendamos que vivir en sociedad implica ser capaces de aceptar ciertos límites

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

00:00 / 16 de febrero de 2014

En algún momento quizás entendamos que vivir en sociedad implica ser capaces de aceptar ciertos límites. Que nuestros derechos, necesidades y deseos son importantes, por supuesto, pero son importantes también los derechos y necesidades de los otros. Y cuando los deseos de un grupo o colectividad se oponen directamente a los deseos de otro, se requiere de autoridades que definan quién tiene la razón, quién puede prevalecer, qué deseo se materializa y qué necesidad queda sin ser satisfecha.

En una sociedad democrática se resuelve ese dilema en términos numéricos: si no se puede llegar a un acuerdo, se beneficia a la mayoría en desmedro de la minoría. Así se supone que se resuelven las diferencias y se mantiene la convivencia armónica. Pero, ¿qué pasa si la minoría tiene recursos y poder de movilización como para imponer su posición por la fuerza?

Cada día vivimos ejemplos de esta injusticia. Un grupo de lancheros se opone a que se construya un puente en el estrecho de Tiquina: bloquea, amenaza y el resto del país debe seguir cruzando el lago en condiciones inseguras. Un grupo de transportistas se opone a que se establezcan mejoras en el transporte público: amenaza, bloquea y el resto de la ciudadanía debe seguirse movilizando en condiciones paupérrimas. Un grupo de vendedoras se opone a que se construyan obras en una zona de la ciudad: bloquea, amenaza y el resto de la ciudad se debe resignar a que no haya cambios ni mejoras.

En todos estos casos el argumento que se esgrime es el mismo: se está afectando mi fuente de ingresos; tengo que vivir de algo; no hay fuentes de trabajo. En todos los casos los mecanismos que se usan son los mismos: se acusa, se desoye, se atrinchera, se maltrata, se golpea, se retiene y finalmente se genera un estado que imposibilita la convivencia armónica.

Algún día quizás podremos resolver nuestros conflictos por una vía más productiva, encontrando equilibrios entre las necesidades de unos y los deseos de otros. Algún día ojalá podamos entender que, para vivir juntos, debemos ser capaces de postergar o reconsiderar nuestras reivindicaciones, si éstas perjudican a la mayoría.

Es cineasta.

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