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Derrumbar iglesias

El mundo perdió un mediocre guardameta y ganó un esperpento de voz que azota desde hace décadas

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Mayorga

00:00 / 30 de agosto de 2015

Una hermosa periodista portuguesa entrevistó hace unas semanas a Julio Iglesias, y me dejó perplejo al presentar a ese sujeto como “eterno y mítico”. Lo primero no me preocupa mayormente, porque sabemos —desde los lúcidos ensayos en Mitologías de Roland Barthes— que todo objeto puede convertirse en mito; incluso este deleznable cantante. Lo segundo —la eternidad— me aterró y lo considero una verdadera amenaza para la paz mundial y el orden cósmico. También me sorprendió la demagogia del español “más famoso del mundo” que señaló que cuando estaba cantando Paloma en un teatro de Lisboa, la gran Amalia Rodríguez empezó a hacerle coro. Lo que no contó —y es lo que me imagino— es que el público se fue detrás de ella, de esa voz de verdad: Amalia cantando con aire de fado. Y, por suerte, Julio Iglesias quedó abandonado en medio del escenario. Solito, sin sombra. Menos mal. Y esa anécdota inventada hace 15 segundos me obliga a recordar unos cuantos párrafos que escribí en el pasado para denostar a ese personaje de la farándula musical.

Hace años, una frase célebre de la Madre Teresa de Calcuta me vino a la mente cuando, atónito, leí una terrible noticia: Julio Iglesias declaró que solo dejaría de cantar cuando se muera. La mentada frase de la religiosa premiada con el premio Nobel de la Paz era contundente: “Hay que dar hasta que duela”, refiriéndose a su entrega a los pobres. Y Julio Iglesias sigue ese ejemplo de seguir “dando” su canto, pero a quienes nos “duele”, y mucho, es a nosotros. Y por esa razón, en este caso, la bondad debiera tener límites. Recuerdo que esa frase también fue proferida por un rudo defensor del fútbol argentino que, ante la pregunta acerca de las patadas que recibía el delantero que lo gambeteaba, declaró: “hay que dar hasta que duela”.

A qué viene esa mención futbolera si estamos hablando de música, pues bien, a que si no hubiera sido la infeliz puntería de un jugador merengue que propinó un puntapié a Julio Iglesias, por entonces una promesa de arquero en el Real Madrid, el futuro cantor no habría colgado los cachos por una lesión. Así, el mundo perdió un mediocre guardameta y ganó un esperpento de voz que azota desde hace décadas. En su haber tiene varios crímenes de lesa humanidad: versiones melifluas de las recias canciones de José Alfredo Jiménez; perpetró un álbum contra el tango que resulta una masacre colectiva; descuartizó el ballenato cuando secó La gota fría rodeado de mujeres bellas, pero seguramente sordas; y ni hablar del Derroche de bilis que provocó su adaptación parapléjica de la canción de Juan Luis Guerra.

Ante estas circunstancias resulta anacrónico nuestro método de resistencia enarbolado por una típica minoría global que se impone tareas titánicas: boicotear aquellos boliches que ponen sus discos en una suerte de interdicción musical; pedir que bajen el volumen si suena en un restaurante so pretexto de la gastritis; clavar alfileres en su garganta en todo afiche que cuelgue en las vitrinas esperando un efecto vudú; tener a mano el control remoto por si asoma en la pantalla, porque puede explotar —no el televisor, sino el hígado—. Y si no podemos evitar esa mala costumbre o realizar esos actos de resistencia heroica, solo nos resta esperar la feliz ocurrencia de un accidente que se lleve al personaje en cuestión al limbo de la mera contemplación, o pedirle, mediante voto resolutivo, que deje de cantar. 

Es sociólogo.

Blog: pioresnada.wordpress. com; Twitter: ferXmayorga

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