Columnistas

Desagraviando a las Elviras

Creo que, en la actual coyuntura, Elvira Espejo es un símbolo de lo que puede lograr la mujer

La Razón / Homero Carvalho Oliva

00:26 / 25 de abril de 2013

Sabemos que la lucha contra la discriminación y el racismo no acaba con una ley, como tampoco con mensajes en los medios de comunicación; la lucha será exitosa si nosotros cambiamos. En una sociedad machista como la nuestra aún quedan muchos resabios por eliminar, y el más fuerte quizá sea el que existe en contra de las mujeres en general y en contra de las mujeres indígenas en particular. Lo que le sucedió a Elvira Espejo es un paradigma de esta situación.

Elvira Espejo Ayca es una hermosa e inteligente mujer indígena del ayllu qaqachaca de Oruro. Elvira es tejedora, poeta, narradora, documentalista, artista plástica, experta en textiles, cantante, tiene varios libros publicados y ha ganado premios nacionales e internacionales. Es egresada de la Academia Nacional de Bellas Artes y posee estudios en Antropología. Elvira, como profesional, vale mucho; y como mujer vale tanto como cualquier otra boliviana que sabe ganarse su lugar en la sociedad sobreponiéndose a la realidad.

Hace unos días, Elvira estuvo en Santa Cruz de la Sierra para asistir a una reunión de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, en su calidad de Directora del Museo de Etnografía y Folklore, y cuando, en la plaza 24 de Septiembre, le preguntó a alguien cómo llegar al Centro Cultural Santa Cruz, un energúmeno, de esos que no faltan en todo el país la mandó de regreso a su tierra natal: —Regresá a tu tierra, chola e’mierda, la insultó. Elvira llegó a la reunión riéndose por la estupidez del odiador.

La cosa, sin embargo, no acaba ahí. En la reunión, nos comentó también lo que tiene que enfrentar, día a día, en el propio Musef, donde algunos varones mestizos no aceptan que una indígena los dirija. Lo que quizá no saben estos señores, tanto el de la capital cruceña como los de la paceña, es que Elvira es una guerrera que no se deja amedrentar con nadie, mucho menos con este tipo de gente, sencillamente porque si de pelear se trata ella lo hace cada año en el t’inku de Sakaka, donde pelea a mano limpia. Así que mucho cuidado con Elvira.

Quise hablar de Elvira porque creo que, en la actual coyuntura, ella es un símbolo de lo que puede lograr la mujer; no obstante, hay cientos de miles de Elviras. Un poema de Elvira, escrito en aymara, dice: “Mi tiempo recién ha comenzado/ el sol en la cima del cerro/ y yo en pueblo ajeno/ es el sol / son las estrellas/ llegó la hora de guardar/ mis aretes han quedado con miradas de estrellas/ mi amado parte hasta el próximo mes/ paja brava, paja dura/ la senda de regreso es un pajonal/ ¿qué late, qué late?/ En la vacía plaza, ¿qué late?”.

Elvira me hizo recuerdo a Gregoria Coro, una potosina que llegó a Santa Cruz hace un par de décadas y que recorre las calles empujando una carretilla colmada de frutas. En el día de la mujer, Carmen, mi esposa, la felicitó y ella a cambió le entregó una tarjeta personal de un estudio de arquitectura, y le aclaró que era de su hija: —de la Filomena, ¿te acuerdas?, ya es arquitecta, llámala para que te arregle tu casa, dijo con orgullo y soltó un carcajada. Gregoria es de la estirpe de Elvira y viceversa.

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