Columnistas

Desastres ‘naturales’

¿Es posible que nuestras acciones sean en parte cómplices de tanto desastre?

La Razón (Edición Impresa) / Lourdes Montero

00:00 / 17 de febrero de 2014

Las lluvias afectan gran parte del mundo. El sur de Inglaterra ha sufrido una de las peores inundaciones de su historia, Brasil sufre los desbordamientos más graves en 100 años y han decretado alerta roja por lluvias en Honduras. En Bolivia se reportan cerca de 50.000 familias damnificadas. Todo esto tan solo a la mitad del periodo de lluvias que esperamos se extienda hasta marzo.

El desastre humanitario que vivimos con dramatismo en estos días es solo el inicio de un largo proceso de restablecimiento de las familias afectadas que podría durar varios meses. El riesgo de epidemias infecciosas graves, como el dengue, son problemas que tendremos que enfrentar una vez que los ríos desciendan.

La pérdida de cultivos y la muerte de ganado provocan la subida de los precios de los alimentos en las ciudades y, en este contexto, es usual que la especulación haga su agosto aprovechando el miedo a la escasez.

¿Es todo esto atribuible a la naturaleza? ¿Debemos conformarnos tan solo con rezar para que deje de llover? ¿Es posible que nuestras acciones sean en parte cómplices de tanto desastre?

Mientras algunos optan por atribuir el problema a un castigo divino, otros se preguntan hasta qué punto la concentración de gases de efecto invernadero que han provocado el cambio climático ha contribuido a los desastres naturales. Efectivamente, los cambios en los regímenes de precipitación han sido identificados por los expertos como uno de los mecanismos a través de los cuales el cambio climático afecta la frecuencia, intensidad y magnitud de las inundaciones. Sin embargo, no siempre un incremento de lluvias se traduce en un aumento en caudales en los ríos y en un incremento de los riesgos de inundaciones.

Es aquí donde nosotros, los humanos, entramos en juego. Aspectos como los cambios en el uso del suelo, la deforestación y la construcción urbana pueden hacer que lluvias intensas se conviertan en inundaciones de mayor magnitud. Así, cuando los seres humanos modificamos características del terreno que ayudan a direccionar o drenar el agua, los cambios resultantes pueden ser fatales. La tala forestal y la pérdida de vegetación como resultado del sobrepastoreo o de la agricultura extensiva producen una pérdida de tierra que se separa y termina en ríos, lo que incrementa el nivel de su lecho y ocasiona inundaciones. A veces, las inundaciones ocurren cuando la tierra y la vegetación que pueden absorber el agua son reemplazadas por edificaciones, concreto y asfalto, especialmente cuando la urbanización se desarrolla cerca de lagos y ríos.

Es por todo esto que los bolivianos y bolivianas tenemos que asumir nuestra parte de culpa en las inundaciones actuales. Ya no parece tan buena idea la ampliación de la frontera agrícola y no tenemos mucho que celebrar con el actual crecimiento de las ciudades.

En un gran número de casos, los daños sufridos por las inundaciones son el reflejo de que no existe una planificación adecuada para hacer frente a la variabilidad climática actual. Por ello, en el corto plazo, debemos ocuparnos de implementar sistemas de alerta temprana, planes de evacuación y reconstrucción posdesastre. Otras medidas pueden ser útiles en el mediano plazo. Invertir en canales y drenajes; cambiar los códigos de construcción, los usos de suelo y la operación de sistemas hídricos; o incluso delimitar las zonas de riesgo son buenos ejemplos. En el largo plazo, es claro que el posible incremento en el riesgo de inundaciones supondrá un reto importante para los planes de desarrollo regional y nacional. Esperemos que tanto dolor nos enseñe la lección.

Es cientista social.

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