Columnistas

Desavenencias de un sibarita

Explicar la hambruna no es difícil, porque todos saben dónde se encuentra la causa: en la abundancia

La Razón / Elvis Vargas Guerrero

00:01 / 18 de junio de 2013

Cómo salvar al mundo de una inminente catástrofe humana? Lo único que hay que ver es cuál de las catástrofes: sanitarias, energéticas, nuclear, biológica, sobrepoblación, escasez de recursos, hambruna. Con ojos blindados, diría que ésta última parece ser la más inminente de todas o el resultado de una sucesión escalonada de las anteriores. La vemos venir, la sentimos, la planificamos.

Explicar la hambruna no es difícil ni novedoso, porque todos saben dónde se encuentra la causa: en la abundancia. Es que hoy tenemos mucho y mejor. Cantidad y calidad. Se produce comida para 12.000 millones de personas, aunque en el mundo sólo viven 7.000 millones. Y para sorpresa nuestra, la Organización para la Agricultura y la Alimentación de las Naciones Unidas (FAO) viene a proponernos comer insectos con el fin de prevenir una crisis alimentaria y proteger el medio ambiente. Para rematar, la FAO se pone ecológica y pide prevenir las plagas comiéndonoslas. Seguir el ejemplo de los israelíes que se comían las langostas para combatirlas. O imitar a los chinos, que tienen a las medusas en su gastronomía y así salvar los ecosistemas marinos, porque éstas se comen los huevecitos de los peces.

Demás queda decir que el discurso de la FAO es bonito como novedad mediática, pero triste por su complicidad política en la tragedia de más de 800 millones de personas que pasan hambre. Complicidad de un mundo inequitativo e injustamente organizado, donde los intereses empresariales han sobrepasado las fronteras éticas y se han sobrepuesto a los intereses comunes.

Yo pienso que la solución no está en producir más y mejor, sino en evitar el despilfarro, en botar menos. Alguien ha pensado cuánto de lo que compra va a su estómago y cuánto al basurero. No tomo en cuenta los alimentos que intencionadamente son destruidos para jugar con la demanda y el precio. Hablo de una compra de fin de semana. Vivimos una revulsiva lógica de comprar y botar. Lo que propongo es construir una moral de respeto a los semejantes. Escapar de esta irracionalidad consumista y romper con la desproporcionada cultura de la abundancia. Doy algunos consejos.

1) Comer es un deber y un placer. No seamos compulsivos. Antes de ir al supermercado, piensa en lo que necesitas, que siempre es menos de lo que habías supuesto. Un buen sibarita sabe que el secreto no está en la cantidad, sino en la calidad, y esta última no siempre se paga. 2) Cambia el fast food por el low food. Es más económico y divertido. Come lento, vive lento que es mejor para la digestión y el equilibrio mental. 3) Come sencillo y elabora tus alimentos a lo pobre. Las salsas e ingredientes no enriquecen los alimentos, matan el sabor, añaden innecesarias calorías. 4) Come crudo, atrévete con este placer ancestral. Si no puedes hacerlo en un 100%, usa métodos suaves de cocción como hervido a baja temperatura o cocido al vapor. No aderezar ensaladas. Come frutos secos y nueces y entrarás a un mundo fabuloso. 5) Controla tus excedentes, antes de abrir el tacho de la basura piensa en distribuirlo o donarlo. Siempre hay alguien que lo necesita. 6) Recicla lo que puedas. La comida de ayer no siempre es mala, sino que tienen un sabor añadido. Se pueden preparar platos muy deliciosos, nutritivos, bien presentados con restos de la comida.  7) La basura es un tesoro. Yo estoy seguro que la reutilización de alimentos, por ejemplo el pienso para el ganado, puede ayudar a combatir la pobreza y detener el escándalo del despilfarro. Siempre me he reído de esa gente que piensa que de todo se puede sacar un alimento, incluso de nuestros excrementos, porque lo que comemos en gran parte no es utilizado. Y en ese pensamiento alternativo encuentro mi respuesta contundente a la FAO: come mierda y salva el mundo.

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