Columnistas

Desconectarse, un lujo

¿La conexión permanente nos hace más infelices, más adictos, más dependientes?

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo

00:13 / 23 de mayo de 2018

Hasta hace muy poco el lujo y el privilegio era conectarse, tener wifi en todo lado, en el aeropuerto, en el restaurante, en la plaza, en el cine, en el bus. ¿Cómo no te vas a enterar de la última noticia, del penúltimo meme o chisme, del último video viral? Todo el rato, a toda hora. ¿Cómo no vas a opinar de la última polémica de moda? La ansiedad de no responder al mensaje, el miedo a perderse algo. ¿Cómo no vas a grabar con tu celular la tocada, el show? La nomofobia es el miedo a no estar conectado. Los hiperconectados tienen menos capacidad para concentrarse, para estar atentos, y tienen serios inconvenientes para razonar con lógica o relacionarse socialmente a la vieja usanza. ¿La tecnología nos vuelve más libres o más esclavos? ¿La conexión permanente nos hace más infelices, más adictos, más dependientes? Es hora de preguntarse por qué hacemos lo que hacemos. Es hora de darnos cuenta de que toda experiencia se multiplica cuando intervienen todos nuestros sentidos; que toda actividad de ocio se potencia cuando no estamos pendiente de grabarla para compartirla en las redes y dar envidia a los cuates, a los “amigos”, a los conocidos y a los extraños.

He estado una semana sin internet, no tengo teléfono inteligente ni tampoco WhatsApp. Tengo una computadora portátil en casa con conexión, en la que pierdo a veces demasiado tiempo en Facebook mirando la vida de los otros, en la que me informo a través del Twitter, preparo mis programas de radio y armo el periódico mensualmente. Durante mis siete días lujosos de desconexión casi absoluta he leído periódicos y una novela (4 3 2 1, de Paul Auster) que no conseguía terminar porque pierdo demasiado tiempo en el “feis” espiando las miserias de los demás. No sentí la necesidad de correr a las redes sociales, no sentí la sensación de perderme nada, no experimenté aislamiento. Ahora he vuelto a las redes y casi todo me resulta banal, agresivo, exaltado, innecesario.

Alejarme de ese caos me ha hecho bien, me ha vuelto menos banal y agresivo. Desconectarse está de moda. ¿Por qué no volver a darle espacio a la vida real? Se llama digital detox (desintoxicación digital). Y dicen que los efectos son similares a dejar de fumar. Eliminar aplicaciones hace bien, no vivir pendiente del número de “likes”, también. ¿Podemos ser reconocidos y agradar sin estar conectados? ¿Podemos combatir la soledad y el aburrimiento sin el pinche celular entre las manos? ¿Podemos prescindir de internet, una ideología y un modelo de negocio que depende del tiempo que pasamos todos conectados? ¿Podemos valorar las ventajas de internet pero también sus problemas presentes y a futuro? La vida es eso que pasa mientras estás mirando tu pantallita de cuatro pulgadas.

Google, paradójicamente, ha visto un negocio en la desconexión, y desde principios de este mayo ayuda a los usuarios con herramientas útiles para desconectarse de sus teléfonos, para un uso equilibrado y adecuado de la tecnología. Una de esas herramientas, en el nuevo Android P, se llama Do not disturb (No molestar) y suspende llamadas, notificaciones y todas las interrupciones visuales que quieran aparecer en tu pantalla. El modo puede habilitarse con un simple gesto: apoyar el teléfono boca abajo en una mesa. ¿Cuántos lo hacen? ¿Desaparecerá en el futuro la adicción de compartir la vida privada e íntima y usaremos la red para cuestiones profesionales, para estar más cerca de los nuestros sin tanto exhibicionismo narcisista de por medio?

Los que decidieron cortar por lo sano se llaman “exconectados”, viven off line, son cada vez más y son (somos) fácilmente reconocibles, somos (son) los únicos sin un celular inteligente en la mano, lo máximo que llegamos a tener es un pequeño teléfono de Bs 70 (¡el último Galaxy S9 cuesta más de 1.000 dólares!) para hacer o recibir llamadas. A veces creo que soy el único que todavía manda sms. Son (somos) vistos como bichos raros, son la resistencia. Pero tal vez no se trate de elegir entre la conexión permanente o la renuncia casi absoluta, sino de encontrar el equilibrio. 

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