Columnistas

Deshonestos y desfachatados

En sociedades moralmente íntegras, la palabra verbal tiene valor de compromiso firmado

La Razón / Óscar Díaz Arnau

03:04 / 04 de marzo de 2013

Una cosa es la deshonestidad y otra, más indignante aún, la desfachatez. El deshonesto no siempre actúa con desfachatez; hay deshonestos que se comportan como tales y punto, sin necesidad de ahondar en deshonestidades. En cambio, los desfachatados son el colmo de la deshonestidad.

El deshonesto puede ser un inmoral y, sin embargo, aun habiendo caído en tal bajeza, tener posibilidades de que sus afectados lo perdonen; sobre el “deshonesto y ya” no pesa la agravante de la desfachatez. Contrariamente, al “deshonesto desfachatado” se le reducen las chances de ser absuelto de una pena moral. Desde luego que aquí no hay ningún descubrimiento extraordinario: cualquiera sabe que el desfachatado es un deshonesto al cuadrado, así como no resulta difícil entender que el deshonesto puede no ser cínico o desvergonzado.

Ahora bien, tanto la deshonestidad como la desfachatez suelen ser entidades personalísimas; es inaudito concebir que varias personas puedan incurrir en una misma (idéntica, en un mismo caso) deshonestidad y, todavía más, rematar con exacta desfachatez (insisto: en un caso específico). Salvo que sea gente necia, no pensante o, definitivamente servil, esa palabra que suena tan linda en su sinónima criolla: llunk’us.

Entremos al caso en cuestión. En sociedades moralmente íntegras, la palabra verbal tiene valor de compromiso firmado. Este parece no ser el caso de Bolivia, donde su primer hombre, el presidente Morales, que debería ser ejemplo de honestidad, puede renunciar a ir por la reelección, hacerlo pública y claramente (sin opción a relatividades: sus palabras de 2008 son inequívocas), pero nada de esto vale porque, según él y el sentido concurrente de varios ministros y legisladores, no se firmó ningún compromiso.

¿Qué tal? En Bolivia —lo han admitido indirectamente ellos: de sonora voz pastoril, Evo, y corderil el resto— la palabra hablada, la palabra empeñada, no vale nada: vale sólo cuando lleva la firma del hablante, se supone, en papel. Una deshonestidad absoluta. Pero si esto a ustedes, mujeres y hombres sensatos que leen estas líneas, les causa molestia, o pena, o vergüenza ajena, prepárense para escuchar lo que son capaces de expeler, a guisa de argumentos, los susodichos no pensantes por sí solos, casualmente deshonestos en grupo. Luego, juzguen si se trata (o no) de una expresión de obediencia al mandato vicepresidencial de “centralismo democrático”, de pensamiento único; de un libreto, en suma, que yo irónicamente me animaría a titular: “La indisciplina de discrepar”.

Ellos son los desfachatados, los doblemente deshonestos porque, pese a escuchar el compromiso público que hizo Morales en 2008, tienen el atrevimiento de negarlo; y, no conformes con eso, se inventan argumentos falaces para justificar lo injustificable. Una obscenidad, un insulto a la inteligencia y una bofetada a la honestidad de los bolivianos.

Para estos excelsos cultores del servilismo, penosamente indignos porque no tienen la personalidad ni las agallas no digo de refutar, al menos de quedarse callados frente al extravío del jefe, la palabra de honor no existe, carece de valor. De pronto, quieren desenterrar al extinto memorial, salen a buscar al solemne notario de fe pública y compran con agilidad de burócrata el indispensable papel sellado para que, “en ley”, la palabra sirva, valga y no se la lleve el viento cuando el Presidente la suelte de su boca.

Una cosa es la deshonestidad y otra, más indignante, la desfachatez. Hay deshonestos que se comportan como tales y ya, sin necesidad de ahondar en deshonestidades. Los desfachatados, lo firmo y lo reafirmo, por si acaso, son el colmo de la deshonestidad.

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