Columnistas

Desmediocrizar la Justicia

La Razón (Edición Impresa) / Foro - Milton Mendoza

03:00 / 21 de septiembre de 2015

Es en la rica como antigua tradición oral que los pueblos van generando un variado acervo cultural, de acuerdo con las etapas históricas que les toca vivir. Algunas narraciones se constituyen en excelentes ejemplos acerca de la labor de administrar justicia. La historia trata de un señor feudal que, como era costumbre en aquella época, decidía sobre vidas y haciendas, emitiendo sentencias inapelables; ordenaba matar, desposeer, privar de libertar y en sus ratos de ocio se divertía con las ocurrencias de un bufón, con quien recordaba afablemente sus cómodas experiencias de juzgar. En una ocasión el señor feudal le obsequió al cómico una toga y una vara de utilería, aquellas que utilizaba para administrar justicia, con la siguiente advertencia, “puedes guardarlas hasta que encuentres alguien más loco que tú”. Tiempo después, el señor feudal enfermó gravemente y fue desahuciado, y para aliviar sus últimos momentos mandó llamar al bufón. Cuando éste le preguntó qué le ocurría, le contó que dentro de poco iba a enfrentar al tribunal del Altísimo; entonces el cómico le preguntó si había preparado su caso para tan importante estrado. Cuando, desconcertado, le preguntó cómo se hacía eso, el bufón le entregó la toga y la vara del otrora juzgador, diciéndole: esto te ayudará.

Muchos jueces cometen injusticias, se exceden y no dimensionan la casi divina atribución que tienen en sus manos. El administrador de justicia no puede ser un funcionario ordinario, mediocre, resentido y arbitrario, cuando no venal en sus veredictos; debe tener sensibilidad humana, valentía para enfrentar al fuerte, ecuanimidad y sobre todo sentido común. Aquí cabría subrayar que los elementos que concurren en la diaria labor del operador de justicia no siempre son los mismos, por lo tanto, necesita nutrirse de una formación técnica y moral idónea que garantice que sus decisiones estén a la altura de la importancia de la materia juzgable; por todo ello, debe poseer una saludable curiosidad intelectual y un profundo conocimiento de psicología social. La mediocridad en la aplicación de las leyes tiene el efecto desolador de una praxis judicial deplorable, condenada por un fatalismo “mitológico” a seguir cometiendo los mismos errores, aun a sabiendas del daño que causa a quienes acuden a la autoridad en busca de justicia.La formación universitaria privilegia precisamente la modalidad mimética, increíblemente asumida como cualidad pedagógica, obteniendo como resultado a un recitador de artículos, frasecillas leguleyas y prejuicios. La capacidad de expresión, oral y escrita, es tan pobre en el abogado nacional que su retórica se basa en adjetivos sin la benéfica presencia de algún sustantivo, cuando el uso de la inducción en el razonamiento hubiera hecho de su exposición algo creíble y convincente.

La nueva Justicia debe contar con jueces y fiscales que no solamente conozcan el Derecho, sino que sean hombres verdaderamente cultos, honestos portadores de sabiduría; basta de los actuales tinterillos de Azángaro, tristes usurpadores de la noble función de juzgar.

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