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‘Desmemoriados’: seis malas pasadas

‘Desmemoriados’ intenta ser un ajuste de cuentas con el pasado, pero peca de simplista, cae en el lugar común

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo

23:53 / 17 de julio de 2018

Doscientas personas llenan el Teatro Nuna, un miércoles. Es el estreno de Desmemoriados, obra teatral escrita y dirigida por Marcos Loayza. Es el debut actoral del director de cine Antonio Eguino. La puesta en escena es mínima: dos sillas, una mesa, un reloj de arena y una ventana (audiovisual) por donde se cuelan las imágenes del ayer. Eguino es Héctor Villarreal o Camilo, su alias de guerrillero. Mientras mengua la luz, se hace un silencio sepulcral. Hay que aguantar la respiración para escuchar las primeras líneas, Eguino apenas susurra. La memoria juega, a veces, malas pasadas.

Primera “mala pasada”: el ritmo. En el teatro, el ritmo es la respiración; sin ella, mueres. Ritmo viene de la palabra griega rhytmos; del verbo rheo, fluir. Significa literalmente la manera particular de fluir. Desmemoriados no fluye, se atasca, se estanca, se ahoga.

Segunda “mala pasada”: la elección de actores no ayuda. Depositar sobre los hombros de un intérprete inexperto el peso de toda una obra es una mala decisión. En contraparte, Raúl Pitín Gómez, actor fetiche de las películas de Loayza, es Manuel Mena u Orlando, su alias de guerrillero del Frente Manuel Rodríguez. Gómez regala los cinco mejores minutos de la obra, al final, cuando recuerda a un amor veinteañero, al que no supo llorar en su momento. Eran tiempos felices. Hoy, en silla de ruedas, Orlando ya no le tiene miedo al miedo, padece la enfermedad del olvido. ¿Quiénes fuimos? ¿Qué hicimos? ¿Para qué? Todo se pierde ¿Dónde quedaron los sueños? Todos están muertos. La amargura y la soledad, la frustración y la nostalgia, pesimismo rimando con nihilismo, los leit motiv de la obra fílmica y teatral de Loayza se cuelan por las rendijas. No hay nada que recordar, nada que valga la pena. Orlando y Camilo podían ser Vladimir y Estragón, pero no lo son, por ahí no van los tiros.

Tercera “mala pasada”: falta profundidad. Antonio Peredo es Manuel Mena, hijo. No conoce el pasado de su padre y pregunta: “Papá, ¿tú fuiste guerrillero?”. Peredo trata de empujar el carro, trata, pero la moneda tiene, como los recuerdos, dos caras y esta vez sale cruz. Desmemoriados intenta ser un ajuste de cuentas con el pasado, pero peca de simplista, cae en el lugar común, y la responsabilidad mayor está en un texto “infiltrado” que mata todo, un guion que termina delatando todas las pequeñas fallas de una obra deshilachada. Mariana Vargas, la enfermera que cuida al “viejito”, es otro desperdicio actoral por sus escasas líneas, por sus pocas entradas y salidas. Mala decisión, otra.

Cuarta “mala pasada”: el macguffin de la obra deja sabor a poco. Camilo busca a Orlando. Camilo busca un dato urgente. Camilo busca una vieja maleta de cuero sólido, una encomienda, un pasaporte a un futuro ya olvidado. El macguffin no tiene suspenso ni enigma, no construye expectativa, se estanca, se ahoga a sí mismo.

Quinta “mala pasada”: la sombra de la ópera prima. Loayza lanzó su carrera teatral en 2012 con una obra titulada El séptimo sentido, un éxito. Desmemoriados es la otra cara de la moneda. En la primera, el director tenía un gran texto, riguroso, preciso: un canto a la memoria con la historia boliviana como telón de fondo, como pasión y excusa, revoloteando para dejar esos pequeños detalles —versos, gestos, emociones— que calan y se quedan. En la segunda, esos regalos se extrañan.

Sexta “mala pasada”: ¿dónde está el piloto? Desmemoriados presenta a un Eguino inexpresivo y titubeante, sobre pasado, sin voz, sin gestus. Si Loayza se caracteriza por algo es por su sabia dirección de actores. ¿Por qué no guio a don Antonio? Se me vienen a la cabeza unos cuantos nombres (de actores y actrices) que podían haber ocupado su lugar. En El séptimo sentido había una actriz contenida, dirigida. En Desmemoriados hay adormecimiento, sin conciencia del ritmo ni de la pausa.

Doscientas personas hacen un silencio incómodo cuando cae el telón, ese miércoles. Los tímidos y educados aplausos dan paso a un desfile sepulcral. Algunos se saludan y se abrazan; solo llegaron al teatro para eso, quizás. La memoria es magnífica para olvidar.

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