Columnistas

Desmoronamiento político

Vaclav Havel pasó de la dramaturgia a la política por una cuestión de conciencia y dignidad

La Razón / José Gramunt

02:26 / 21 de diciembre de 2011

El domingo falleció en Praga Vaclav Havel, dramaturgo, poeta, varias veces perseguido sin previo juicio legal, por el régimen soviético de la posguerra mundial y expresidente de la extinta Checoslovaquia. Les confieso que la desaparición de ese hombre me conmovió sensiblemente, cosa que el amable lector difícilmente entenderá, supuesto que fue una persona sin vínculo alguno personal conmigo, y ciudadano de un país tan lejano de la Europa central.

No fueron ni sus escritos ni sus películas los que me conmovieron, pues nunca las conocí. Le conocí de lejos, muy de lejos, pero suficientemente cerca, gracias a las crónicas periodística que fui leyendo en la turbulenta década de los 80 y 90 y, últimamente en las reseñas que se han escrito a raíz de su desaparición.

Vaclav Havel pasó de la dramaturgia a la política por una cuestión de conciencia. No fue ni por la pasión de mandar, ni por los encantos que ofrece “el maravilloso instrumento del poder”, sino por no resignarse a soportar las injusticias, los atropellos que sufría su pueblo, indefenso ante los tanques soviéticos. Vibró de justa indignación junto a su pueblo oprimido. Conspiró. Reunió a un pequeño grupo de gente, igualmente patriota. Hasta que llegó el momento de pronunciar en voz muy alta el grito de libertad. Pero, contra lo que había ocurrido en la mayoría de las revoluciones que la historia nos cuenta, la que encabezó Havel fue pacífica. Tal es así que pasó a la historia como la “revolución de terciopelo”. Un levantamiento civil, sin otras armas que un acendrado amor a la verdad y a la justicia. O dicho con sus propias palabras: “la verdad y el amor superarán las mentiras y el odio”.

Mucho coraje se necesitaba para pronunciar este mensaje frente a la amenaza de los tanques soviéticos. Esto es precisamente lo que le ganó el respeto, la admiración y el seguimiento de su pueblo, sentimientos que perduran en el tiempo, incluso muy lejos de las fronteras checas. Tanto más cuanto que dichas virtudes parecen haber pasado a la jubilación, atropelladas por la ramplonería política, la falsedad hipócrita, el sofisma petulante, la justicia corrompida, y un largo etcétera.

El levantamiento de Praga fue una cuenta del rosario de los pueblos que cayeron bajo la garra moscovita, hasta que Mijail Gorbachov, otro hombre también de condiciones excepcionales y de incuestionable honradez intelectual y política, llegó al Kremlin con el mensaje de nuevo cuño social demócrata de la “perestroika” (reestructuración). A partir de entonces, fueron cayendo los regímenes satélites, hasta el derrumbe del muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989 y la desaparición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Al rememorar estos hechos históricos no es difícil prevenir algo semejante en la actual América Latina. Me refiero al deterioro del palidecido “socialismo del siglo XXI”, a su fundador, el presidente venezolano Hugo Chávez, y a sus imitadores del sur (incluyendo a Cuba). No faltan indicadores de un desmoronamiento de esos regímenes —autoritarios, por decir lo más suave— en un plazo no muy lejano.

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