Columnistas

Desorden en la Orden de Malta

La ola de corrupción que sacude el planeta lamenta-blemente llegó a esa venerable sociedad.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

15:54 / 11 de febrero de 2017

La crisis por la que atraviesa la Soberana Orden de Malta muestra que la milenaria institución no había sido tan “soberana”. Aunque poseedora del dorado decorado que luce su palacio en la vía del Condotti, en el  centro de Roma, cerca de las famosas gradas de la plaza España, sus blasones se han oxidado con querellas intestinas dentro de la estructura católica. En efecto, la Orden Soberana Militar Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta es reconocida internacionalmente casi como un Estado en sí. Se dice que cuenta con 13.500 miembros, apoyados por 80.000 voluntarios para coordinar asistencia médica y social en 120 países, ante los cuales acredita un embajador que goza de privilegios e inmunidades como los concedidos a cualquier otra representación diplomática. Encabezando ésa sui géneris entidad se encuentra un denominado príncipe que es también el gran maestro de la Orden, elegido por cófrades laicos, apegados al catolicismo que han hecho votos de castidad, pobreza y obediencia. La ola de corrupción que sacude el planeta, lamentablemente llegó a esa venerable sociedad y sus ilícitos solo se constataron cuando el Papa el 24 de enero exigió su dimisión al “príncipe vitalicio” que, en la ocurrencia, es Matthew Festing, un corpulento exmilitar británico, afecto al vino y a las pastas, quien con o sin motivo, es feliz luciendo uniforme rojo con charreteras auríferas rodeando varias condecoraciones que amueblan su vanidad. Así ataviado, el flemático anglo acudió al encuentro con su Santidad, sin adivinar que éste guardaba bajo su blanca sotana un puñal: el informe de Comisión Investigadora que documentos a la mano acusa al N° 2 de la Orden, el alemán Albrecht von Boeselager de haber financiado encubiertamente la distribución en países del Tercer Mundo, de contraceptivos, preservativos y píldoras abortivas. Obviamente esas operaciones están en flagrante contradicción con los mandatos eclesiásticos en general y confrontan la actitud que, al respecto, enarbola un Papa tan liberal como Francisco, pero que, en ese campo, sostiene una intransigente posición. Curiosamente parece que le dijo al inglés : You’re fired, mientras ratificó al alemán como Gran Canciller. ¿Quién entiende ese embrollo? Es entonces que comienza el pleito entre la Orden de Malta y el Vaticano, cuando la primera, clamando soberanía, aduce que ese affaire solo competía a su fuero interno, y contraataca a los miembros de la Comisión acusándolos de estar implicados en el desvío de un legado de 100 millones de euros donados por un acaudalado creyente francés. Se afirma que esa suma aún se halla en un fondo suizo que administra su uso para obras de caridad.

El proceso está en curso y se rumora que el dolo también toca a personajes del propio Vaticano. Ante esa contingencia, el papa Francisco (a tono con los autócratas del momento: Putin, Trump o Erdogan) quiere imponer disciplina en esa corporación, comenzando por la cabeza. Destituido sumariamente  Mattheu Festing, el Soberano Consejo de la Orden asumirá el interinato hasta la escogencia de un nuevo dirigente.

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