Columnistas

Despatriarcalización: elecciones 2014

Hoy, tiempo de elecciones, las mujeres tienen espacios envidiables para el mundo masculino

La Razón (Edición Impresa) / Idón Moisés Chivi Vargas

01:41 / 26 de julio de 2014

Sin duda, la anterior semana fue sublime. Las mujeres consolidan —y de modo ejemplar para la región latinoamericana— una presencia importante en la composición de las listas partidarias rumbo a las elecciones generales 2014. ¿El dato? 50%/50%, mita y mita. Esto es una señal de cómo la revolución genera logros que eran inimaginables hace apenas nueve años. Y esta equidad, mita y mita, también presente, felizmente, en los órganos Judicial y Electoral.

No es casualidad. La primera preocupación de un gobierno revolucionario es avanzar, raudamente, y generar condiciones de igualdad para el ser humano en todas sus dimensiones. Y ha sido Evo Morales —en uno de sus tantos dis/cursos de formación política— quien nos dijo: “Yo tengo el sueño de que el Legislativo sea mitad mujeres y mitad hombres, espero que los actuales diputados senadores nos ayuden”, corría el año 2010... Y lo logró, pero no solo él, lo lograron mujeres de acero, mujeres de fuego (Silvio Rodríguez dixit), aquellas que proviniendo de las luchas callejeras, las huelgas, los bloqueos y las marchas interminables hicieron leyes que no están en los manuales de derechos humanos, superando vertiginosamente las leyes de cuotas y sus manipulaciones patriarcales envasadas en discursos feministas, de una y otra laya.

Hoy, tiempo de elecciones, las mujeres tienen espacios envidiables para el mundo masculino. De hecho el mundo masculino tiene razones para preocuparse en tanto detentadores históricos del poder. Tenemos que preocuparnos, porque algún día tendremos que dedicarnos al ocio creativo o el desempleo político. Tenemos que preocuparnos porque la herencia patriarcal de la vieja Constitución boliviana de 1825 (copia de la Constitución Francesa de 1789) es hoy un recuerdo poco estudiado en sus profundidades políticas y económicas. De hecho Olympe de Gouges es tan desconocida como Rosa Luxemburgo o Adela Zamudio, sin ir muy lejos…

Hoy, año decimocuarto del siglo XXI, tenemos motivos para festejar. Corrijo, el país femenino tiene motivos para festejar; el país masculino, a poner las barbas en remojo, a vivir nuestro propio otoño del patriarca, a vivir la despatriarcalización de la política, que no es poco.

Sin embargo, este mismo paso de gigante exige de iniciativas enormes en la creación y producción legislativa que se viene por delante. Al fin y al cabo, la despatriarcalización —parafraseando a Marcela Lagarde y su feminismo— no es un mundo de justicias vengadoras, donde las mujeres voltean la tortilla, sino el lugar donde la complementariedad (el hecho que ha permitido la existencia de la especie humana) pone a prueba nuestra capacidad creativa y de construir dignidad para la especie humana, no solo para mujeres, ni solo para los hombres; ni solo para todos aquellos que son diferentes pero iguales…

Los estándares internacionales pueden superarse; conviene aprender de las viejas herencias, de los barros con los cuales fuimos hechos, las que menos se estudian y las que menos se miran... En el camino hasta pusieron en entredicho el chacha warmi, perdiendo la brújula antes siquiera de emprender la marcha. La perdieron por antropologías teledirigidas desde los feminismos euro-anglo-céntricos.

Hoy, julio de 2014, la historia política tiene una huella labrada con manos y cerebros indígena-populares, la Ley del Régimen Electoral fue hecha con barros propios y ajenos, pero cargados de dignidad. Su última reglamentación prueba que: “cuando se quiere, se puede”, no hay chanchullo machista que valga.

Llegará el día en que no cuente el mita-mita, sino lo que el pueblo quiera, pero para comenzar nuestra cultura política en proceso de despatriarcalización lo hecho hecho está. Eso es lo que cuenta.

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