Columnistas

Despedida de bolero

A veces me involucro en ese relato para sentarme al lado del Gabo y compartir un trago y dos boleros

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Mayorga

00:00 / 27 de abril de 2014

Un titular periodístico recuerda a Gabriel García Márquez, recién fallecido, con una frase suya que es una cita textual y musical: “Lo único que me duele de morir es que no sea de amor”. Y es la frase extendida del título de un bolero compuesto por Franciso Repilado: Morir de amor. Por cierto, la versión entonada por Compay Segundo en dúo con Charles Aznavour es insuperable, y no es casual que sea un encuentro entre un cubano y un parisino, artistas de esos lares que encandilaron al escritor colombiano por distintos motivos. Que él haya mencionado este asunto de bolero no es mero azar y me recuerda una anécdota que me gusta contar y contar en distintas versiones.

Resulta que, ya viviendo en México, Gabriel García Márquez llegó a una fiesta de amigos y en los parlantes sonaba un bolero. No interesa si era Javier Solís cantando Y o era Compay Segundo rasgando Morir de amor, en solista. No importa, qué más da. El Gabo, ensimismado y sin saludar a ninguno de los presentes ni ausentes, se fue directito hacia la música y se acomodó con desgano en un sillón. Pasaron los minutos y se hicieron horas. Su mirada clavada en el vacío. Nadie se animaba a preguntarle por qué estaba taciturno y cien años de soledad y un siglo de ausencia (otra letra de bolero) y lejanía, él que era tan macondo y muy aracataca de magdalena. Y la música seguía derramándose a través de voces y guitarras y los vasos de ron y tequila se vaciaban y llenaban de nueva cuenta. Menos la copa del Gabo, absorto y mustio en aquel rincón. Hasta que alguien se acercó con cautela para sentarse al lado suyo y decirle: “Estamos preocupados porque ya pasaron dos horas y sigues callado”.

Mirando sin ver, el Gabo le responde: “No estoy enfermo ni melancólico, solamente estaba escuchando boleros. Es increíble, pero en el transcurso de dos horas no han dicho ni una sola mentira, ni una sola mentira”. ¿Habrá algo más veraz que esa mentira?

Me contaron esa anécdota hace varios años. A veces me involucro en ese relato para sentarme al lado del Gabo y compartir un trago y dos boleros antes de preguntarle el porqué, pero nadie me cree. Parece la crónica de una farsa anunciada, me dicen. Pero tratándose de mentiras y certezas, me viene a la memoria el único encuentro que tuve —es un decir— con Gabriel García Márquez al despuntar este siglo en una sala del Teatro de Bellas Artes en la ciudad de México. Recorríamos esa urbe con Ricardo Paz y al cruzar por la Alameda Central nos percatamos de un evento en homenaje al gran escritor. El teatro estaba repleto y las luces fueron apagándose hasta concentrarse en la silueta del homenajeado. Como corresponde, un funcionario mexicano de alta cultura leyó su discurso (a diferencia de estos lares, en tierras mexicana la improvisación discursiva no es señal de talento) antes de ceder la palabra (a diferencia de lo que sucede en estos lares, la palabra se cede, aquí se la conquista) a Álvaro Mutis, otro talento literario colombiano, su amigo de siempre. El autor de la saga de Maqroll, el gaviero (no gabiero), que nos cuenta que cada vez que su amigo Gabriel escribía un cuento o una novela se la mostraba a su abuela. Y la abuela del Gabo siempre le recriminaba: “Ay, ¿por qué no escribes todas las cosas que te cuento? ¿Por qué no cuentas bien las historias que escuchas de nuestros labios? ¿Cuándo aprenderás a escribir?”. Menos mal que no le hizo caso. Más bien siguió sus consejos.

Es sociólogo.

Blog: pioresnada.wordpress. com; Twitter: ferXmayorga

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