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Después del extractivismo, ¿qué?

05:28 / 02 de diciembre de 2011

Diversificar nuestra economía y depender menos de la extracción de recursos naturales no renovables ha sido siempre tema de debate nacional.

Es innegable que los ingresos fiscales aún hoy son dependientes de su explotación y exportación. Cuando se habla del tema se sataniza esta actividad, y se la califica de primario exportadora, primario dependiente, extractivista y de alto impacto ambiental; y junto con estas calificaciones es infaltable la muletilla de industrializar el país y diversificar su economía. ¿Sabemos cómo hacerlo sin acudir a las materias primas?

En los dos siglos anteriores, el país dependió en gran medida de la minería, tanto para la subsistencia del Estado como para el desarrollo de la agricultura y la agropecuaria de las tierras bajas; y en lo que va del presente, está todavía ligado a la extracción de petróleo, gas y minerales para la generación de divisas y del PIB nacional. Según datos de la Fundación Milenio, en la gestión 2010 el aporte de estas actividades al PIB fue del 12,3% y a las exportaciones del 78,1%. Somos un país evidentemente extractivista.

Ahora bien, ¿cómo debemos cambiar? La tendencia actual de desarrollo en el mundo está aún ligada a la explotación de combustibles fósiles y particularmente a la extracción e industrialización de lo que se llaman metales tecnológicos. Mientras el país sigue luchando por concretar una cadena primaria de industrialización para producir metales como zinc, hierro, cobre, wólfram y productos acabados de otros que ya obtenemos puros como oro, plata, bismuto y estaño; el mundo se mueve en una revolución tecnológica dependiente de metales menos conocidos como las tierras raras, platinoides, lantánidos, actínidos o los metales alcalinos potasio, sodio, litio y magnesio contenidos en nuestros salares. Estos metales son indispensables para el desarrollo tecnológico, aplicado a la generación de energías alternativas limpias, filtración y purificación de aguas, electrónica y computación para usos civiles y militares, baterías de energía para automotores eléctricos o híbridos, producción de alimentos y un largo etcétera.

El mundo actual no sería posible sin estos metales, el extractivismo todavía acompañará a la humanidad y el país debiera dejar las poses maniqueas y adoptar una política realista sobre el tema. Hemos sido, somos y seguiremos siendo dependientes de la extracción, refinación e industrialización de metales y combustibles fósiles que nuestro territorio tiene.

Esta actividad ha sido el sueldo del país, la principal generadora de empleo y la base para la diversificación económica de los dos últimos siglos. Que equivocadas políticas hayan postergado su inserción a la industrialización básica y, peor aún, a la actual revolución tecnológica es otra cosa. Somos un país rico en metales, también en combustibles fósiles; muchos de los metales tecnológicos se obtienen como subproducto de la refinación de nuestros metales tradicionales, otros han sido identificados en proyectos de exploración en la cordillera, altiplano y en las tierras bajas.

La meta del país debiera ser la administración racional de estos recursos y la inserción a la revolución tecnológica actual; el desarrollo y diversificación de los sectores colaterales será posible con los excedentes generados por esta revolución.

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