Columnistas

Destemplado lunes

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

00:41 / 20 de abril de 2014

Entre los días de la semana, el menos amado es el lunes. Primer día de la semana, segundo  de la semana litúrgica y primer día de trabajo luego del día feriado, situación que le hace más detestable para iniciar la rutina que se suma para hacer el trajín vital, tedioso. Ojalá fuera solo eso, pero es el día que las baterías electorales empiezan a cobrar fuerza y a ejercer su beligerancia contra los ciudadanos, todos indefensos y sin posibilidad de réplica.

Un amigo proclama su aversión a la ciudad de La Paz porque dice que todos andamos malhumorados.

Tenemos muchas razones para andar con la camisa revuelta, pero eso es lo que nos pasa porque los ciudadanos, muchas veces, somos excesivamente pasivos y tenemos temor a “meternos en política”, confundiendo la militancia partidaria con la política y la facultad de elegir en todos los ámbitos de la vida y estimulando la anomia. Mi inolvidable profesor del colegio Ayacucho Samuel Tellería nos decía: — Llokallas, hasta los perros hacen política; a ver, si colocamos dos platos de comida, uno con carne y tibio, y otro solo con agua y frío, ¿cuál escoge la mascota? Todos al unísono respondíamos: ¡El que tiene carne, pues profe!

— Pero si el dueño lo atrae para darle una paliza o envenenarlo, ¡Qué debemos hacer!

Un silencio se acumulaba en la clase y el profe estallaba con un “¡pensar, llokallas, pensar! Repitan tres veces.Ésa es la política, sonreía, atusándose sus bigotes tipo Salvador Dalí y tomando un mechón de sus cabellos para atusarlos hacia arriba, creando su peinado que le valió el mote de profe Mango Chupado.

Así que entre las razones para  sufrir los lunes están varias que nos hacen el día destemplado. Empezamos con la maratón matinal en que (como las llaman popularmente) birlochas, taku birlochas y chotas pintadas corren, unas haciendo resonar sus tacos como una caballería en apronte y otras, más cancheras, con sus zapatos deportivos que se cambian  antes de ingresar a sus fuentes de trabajo.

Las luchas para ingresar a los minibuses y trufis son feroces y si lo haces, es inevitable escuchar las groserías del conductor que, además, sabedor de su “política gremial” pone a todo chancho sus cumbias y con el riesgo de que te abandone donde quiere porque...: Hay marcha, pues, jefecito, de los maestros y gremiales. Entonces, pones en primera tus piernas y decides caminar, poniendo en riesgo tu vida, porque el casco viejo de la ciudad se ha vuelto un parqueo para autos, toda la Yanacocha, hasta el final y la avenida Illimani, ambos lados. Bajar a la zona Sur es un combate épico.

 Claro, así quién puede estar de buen humor si sabe que eso ocurrirá  toda la semana. Esperar que la Dirección de Tránsito haga algo es una estupidez; no tiene capacidad para resolver el tema. El transporte municipal ha paliado en algo el asunto, pero no llega a los barrios con callejuelas porque sus unidades solo operan en las avenidas. El teleférico resolverá las aglomeraciones apocalípticas de automotores y ciudadanos enloquecidos de la Autopista, la Ceja de El Alto y otros sectores. Tenemos la confianza  en sus sostenibilidades, para que no ocurra como la primera experiencia con EMTA (Empresa Municipal de Transporte), cuyas unidades fueron saboteadas por los transportistas sindicalizados propietarios, hasta hundir este servicio.

Así, como exigimos que mejore el transporte público, debemos exigir a los políticos que por lo menos la cuchi guerra sea  creativa, que no chijinizen* las propuestas, considerándonos a los electores como unos niños ingenuos y tontos que creemos todo lo que dicen, como eso de que la prensa es imparcial y objetiva, que no hubo separatismo y terrorismo, que los implicados eran unos angelitos que estaban de paso en Bolivia para cazar pajaritos con armas de guerra; que piensen que malbaratando adjetivos,   descalificarán a las autoridades sin presentar pruebas o, lo que es peor, querer dar lecciones de ética a la población cuando detrás de cada politiquero exaltado brilla su turbio pasado.*Confundir escenario de debate con comisaría policial. (Chijini, barrio de La Paz, célebre por su comisaria)

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