Columnistas

‘Detalles’ no maravillosos

La Razón (Edición Impresa) / Tribuna - Carlos Ernesto Ichuta Nina

05:30 / 26 de febrero de 2015

Más allá de aquella discusión completamente estéril que generó el nombramiento de La Paz como una ciudad maravillosa, enfrascando a los opinantes en posiciones contrarias que reivindicaron tal nombramiento en contra de aquellos que la cuestionaron, poniendo en duda incluso la valía de la firma organizadora, en diferentes países del mundo la noticia fue recibida con resignación por no haber obtenido ese estatus ciudades como México DF, Quito, Cartagena de Indias, Brasilia, Chicago o Barcelona.  De hecho, esta actitud de resignación le otorgó a la declaratoria legitimidad, porque ello supuso un inevitable reconocimiento. No en vano varias agencias de viajes, informativas o portales de internet, recomiendan ya la visita obligada a la ciudad de La Paz.

Pero ello, como lo han reconocido las autoridades y la propia población, supone un desafío que debería iniciar por precisar qué se debe entender por una categoría como la de ciudad maravilla, puesto que el término maravilloso parece permitirlo todo, en la medida en que solamente reconoce el estado de un algo en tanto extraordinario, magnífico, asombroso o sobresaliente en bondad, calidad o estimación, tal como cita cualquier diccionario. Es decir, el nombramiento pondera simplemente la cualidad de una ciudad como La Paz, por lo que existe la necesidad de una definición más dinámica que comprometa necesariamente a la acción gubernamental y social, a fin de que del reconocimiento de esa cualidad se pase al cumplimiento de una calidad que asegure la contemplación y vivencia de lo extraordinario.

Ello es muy necesario porque, como lo han señalado los detractores del reconocimiento, La Paz es el vivo ejemplo de una ciudad caótica, desordenada e ingobernable. Y es que una cosa es apreciarla en su exterioridad y otra muy distinta vivirla en su interioridad, porque éste es el ámbito en el cual se encuentran un sinnúmero de detalles, entre grandes y graves problemas, que si bien pueden ser apreciados como maravillosos no corresponden a una buena calidad de vida,  por lo que fácilmente pueden llegar a generar actitudes de desprecio.

Lejos del redundante problema del autotransporte o del botín político que representa la Alcaldía, destacan por ejemplo la circulación indiscriminada de automóviles a diésel, que por su gran efecto contaminante debería ser inmediatamente restringida; la penosa situación de los migrantes potosinos que sobreviven en condiciones de mendicidad,  pernoctando en inmediaciones de la terminal en plena ausencia de condiciones de sanidad y dignidad; la galopante criminalidad que está llevando a la ciudad a ser una de las más inseguras de la región, perfilándola como una urbe de día y no como solía ser, de noche; o la ausencia de cultura ciudadana que refleja la ausencia de programas elementales de educación cívica.

Considerando la dimensión y variedad de esos y muchos otros problemas, la declaración de ciudad maravillosa debería ser elevada a rango de política pública, incentivando a la organización de las juntas vecinales frente a aquellos grupos de presión que a guisa de conformarse como tales carecen de representación. Ello porque tal escenario inequitativo impide la capacidad de influencia sobre las acciones arbitrarias y verticales del Gobierno Municipal. De hecho, esa situación permitió el surgimiento de una perversa distinción de los barrios (de verdad) que repercuten en la ampliación de sus diferencias, ya que, según la medición de la pobreza en el municipio de La Paz, los macrodistritos Max Paredes y Periférica son los que concentran el mayor porcentaje de población en situación de pobreza. Esto requiere otros tipos de debate y no estériles posicionamientos.

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