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Dewey, Cheatem & Howe

Hay gente en el mundo corporativo que hará lo que sea necesario para maximizar sus utilidades

La Razón (Edición Impresa) / Paul Krugman

00:00 / 04 de octubre de 2015

El director ejecutivo de la compañía alemana Volkswagen renunció tras revelaciones de que su empresa cometió un fraude de magnitud épica, instalando un software en al menos 11 millones de automóviles a diésel que detectaba cuando sus emisiones estaban siendo sometidas a pruebas, y producía resultados engañosamente bajos.

La semana pasada, el expresidente de la empresa de maní Peanut Corporation of America, en Georgia (EEUU), fue condenado a 28 años de prisión por haber enviado a sabiendas productos contaminados con salmonela, que causaron nueve fallecidos y enfermaron a 714 personas.

También en Estados Unidos, días atrás los derechos sobre un fármaco empleado para tratar infecciones parasitarias fueron adquiridos por Turing Pharmaceuticals, compañía que no se especializa en el desarrollo de nuevos medicamentos, sino en comprar fármacos existentes y subirles el precio. En este caso, el precio pasó de $us 13,50 por tableta a $us 750. 

En otras palabras, los días pasados han sido muy aleccionadores para conocer a los depredadores de negocios. Sin duda que, como cualquiera que destaque lapsos antiéticos por parte de algunas empresas, me acusarán de satanizar a los negocios. Sin embargo yo no estoy alegando que todos los hombres de negocios son demonios, solo que algunos de ellos no son ángeles.

Resulta que hay gente en el mundo corporativo que hará lo que sea necesario, incluyendo fraude que mata a personas, con el fin de maximizar sus utilidades.

Además, nos hace falta normas efectivas para vigilar ese tipo de mala conducta y no en menor medida, para que así empresarios éticos no estén en desventaja cuando compitan con tipos menos escrupulosos. Pero, sabíamos eso, ¿cierto?

Bien, solíamos saberlo, gracias a los aireadores de escándalos y reformistas de la era progresista. Sin embargo, el presidente Ronald Reagan insistió en que el gobierno siempre es el problema, nunca la solución, y esto se ha convertido en dogma de la derecha. Debido a esto, una importante parte de la clase política de Estados Unidos ha declarado la guerra incluso en contra de las regulaciones más claramente necesarias. De hecho, demasiados actores de importancia argumentan actualmente que los negocios no pueden hacer mal alguno y que no corresponde al gobierno de manera alguna limitar la mala conducta.

Un buen ejemplo de esto: la semana pasada Jeb Bush, quien tiene un asombroso talento para la mala sincronía, optó por publicar un artículo de opinión en The Wall Street Journal denunciando a la administración Obama por emitir “una ola de reglas que mata a la creatividad y asesina empleos”. Pasemos por alto el mal uso que él hace de estadísticas elegidas especialmente, o el hecho de que el empleo en el sector privado ha crecido mucho más rápidamente bajo las políticas “asesinas de empleos” del presidente Barack Obama que comparado con la administración del hermano de Bush.

¿Cuáles son las regulaciones terribles, injustificadas, que Bush se propone eliminar? La normatividad sobre el carbono debe desaparecer, por supuesto, ya que no hacer nada con respecto al cambio climático se ha convertido en una parte esencial de la identidad republicana. Lo mismo va para el sistema de salud conocido como Obamacare. Sin embargo, Bush también propone deshacerse de reglas con respecto a la disposición de ceniza de carbón, producto derivado de plantas generadores de electricidad que queman carbón que contiene mercurio, arsénico y otros contaminantes que pueden causar serios problemas de salud, si se filtran a la tierra o son dispersados en el aire como polvo. ¿Acaso el intento por limitar estos riesgos suena como una acción arbitraria y carente de sentido?

Después está la educación “con fines de lucro”, industria destruida por el fraude (ya que es muy difícil para los estudiantes evaluar lo que están recibiendo) que deja a demasiados jóvenes estadounidenses con onerosas deudas y ninguna perspectiva real de mejores empleos. Sin embargo, Bush denuncia los intentos por una limpieza. Ah, y denuncia a la administración por “regular internet como una empresa de servicio público”, lo cual puede sonar raro hasta que uno se percata de que lo que está siendo regulado realmente son los proveedores de servicio de internet, quienes enfrentan poca o ninguna competencia en muchos mercados locales. ¿Mencioné que en Europa, donde se requiere que los proveedores de internet se adapten a la competencia, la banda ancha es mucho más rápida y mucho más barata de lo que es aquí?

Finalmente, pero no por eso de menor importancia, Bush se pronuncia por una reducción de la normatividad financiera, repitiendo el argumento totalmente desacreditado en el sentido que la Ley Dodd-Frank efectivamente fomenta que los bancos se vuelvan demasiado grandes para fracasar. Los mercados no están de acuerdo: a juzgar por sus costos de endeudamiento, los grandes bancos han perdido, no ganado, desde que la Ley Dodd-Frank entró en vigor. Esto debido a que, ¿por qué habríamos de pensar que dejar que los bancos corran salvajemente representa riesgo alguno?

La cuestión es que Bush no está equivocado al sugerir que se ha dado un movimiento hacia atrás, hacia más regulación, bajo la administración de Obama, movimiento que probablemente continúe si un demócrata gana el próximo año. Después de todo, Hillary Clinton dio a conocer un plan enfocado a limitar precios de fármacos al mismo tiempo que Bush estaba desatando su diatriba en contra de la regulación.

Sin embargo, el repunte regulador está teniendo lugar por una razón. Quizá tuvimos demasiada normatividad en los años 70, pero ya hemos pasado 35 años confiando en que los negocios hagan lo correcto con mínima supervisión... y no ha funcionado. Así que lo que ha estado ocurriendo en últimas fechas es un intento por rectificar ese desequilibrio, por reemplazar la oposición automática a la regulación con el juicioso uso de regulación donde hay buenas razones para creer que los negocios pudieran actuar de maneras destructivas. ¿Veremos la continuación de este esfuerzo? Lo dirá la elección del año próximo.

Es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía de 2008. © 2015 The New York Times. Traducción de News Clips.

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