Columnistas

En el Día del Padre…

Se aprende a ser hijo cuando se es padre, entendiendo que lo principal es dar amor

La Razón / Gary A. Rodríguez A.

02:36 / 19 de marzo de 2012

Cada vez que llega una celebración anual singular me pregunto, ¿por qué tiene que haber “un solo” Día de la Madre, Día del Niño, Día del Amor, Día de la Mujer, etc., casi como un justificativo para descuidar luego a estos mismos seres, gran parte del resto del año? ¿No funcionarían mejor las cosas si más bien fuera al revés, que por un día no los recordáramos, pero sí todos los restantes días del año? ¿No sería así la gente más feliz?

Ahora que el almanaque evoca el Día del Padre, aprovecho la oportunidad para hacer una reflexión que espero le impacte. Según la Real Academia Española, “padre” puede significar muchas cosas, desde ser la cabeza de una familia (padre terrenal), hasta ser quien vela por los creyentes (padre espiritual) o, alguien muchísimo más importante: ser el origen mismo, el principio, el autor de una obra sin igual (Padre Celestial).

Como hijo, me siento grandemente bendecido de tener un virtuoso padre biológico a quien admiro, y nunca podré agradecerle suficientemente por haberme dado la vida (junto con mi madre) así como por cuidarme, educarme y guiarme con su ejemplo. ¡Dios los bendiga!

Así también, estoy agradecido por contar con un padre espiritual que me conduce por los caminos del Señor, y cuyo testimonio ha sido y es para mí el quinto Evangelio que me he propuesto imitar, siendo él, con su esposa, imitadores de Cristo. ¡Dios los levante aún más!

Pero mi felicidad es total, cuando entiendo que —más allá de esta vida pasajera— siempre tendré un Padre que ¡me amó desde antes de la fundación del mundo! Un Padre Celestial que todo lo sabe y todo lo puede, un Padre que es todo Amor. ¡Alabado sea Dios!

¡Cuánta verdad hay en que “se aprende a ser hijo cuando se es padre”, comprendiendo que lo que nuestros padres esperaban de nosotros, lo aguardamos hoy de nuestros hijos; y que “se aprende a ser padre, cuando se es abuelo”, entendiendo que lo principal es dar amor!

Hoy —que tengo hijos— me doy cuenta de todo lo que mi padre terrenal sufrió y se angustió por mí durante tantos años. Por ello clamo a Dios pidiendo sabiduría para honrarlo como se merece, en vida. ¡Cuánta gratitud y amor tengo por ti, querido papá!

Hoy —siendo un seguidor de Cristo— me doy cuenta de la enorme responsabilidad que significa para un apóstol y pastor el ocuparse de su rebaño. Por ello ruego a Dios que a mi padre espiritual le dé nuevas fuerzas para ¡perseverar hasta la victoria final! Hoy —cuando tengo la convicción de que soy un hijo de Dios, al ser Jesucristo mi Señor y Salvador— digo: “Gracias Padre por tu amor y tu misericordia, porque de otra forma nunca hubiera llegado a entender lo grandioso que es ser padre y ser hijo”.

Un buen padre siempre estará dispuesto al sacrificio por su hijo. Un buen hijo debe dar lo mejor de sí para honrar a su padre, y Jesucristo es el modelo a seguir. El cordero de Dios que quita el pecado del mundo obedeció la voluntad de su Padre, y sufrió lo indecible para salvarnos de la ira venidera y de la condenación eterna.

Jesús nunca olvidó quién era, de dónde vino y para qué, e hizo lo que el Padre le había mandado, sufriendo lo inimaginable para darle gloria. Pero, alguien más padeció, y mucho. Fue tan grande el amor del Padre, que ofreció a su único Hijo en sacrificio por nuestra salvación. Entendiendo esto, he propuesto en mi corazón dar toda la gloria al Padre, y honrar a mis padres terrenales y espirituales, no sólo un día sino todos los días del año.

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