Columnistas

Día de ‘ñatitas’

El muerto olvidado y despreciado en vida, en la muerte  es cuidado y homenajeado

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

00:00 / 08 de noviembre de 2015

Hoy, durante todo el día, las calaveras celebrarán y serán celebradas. No en disfraces sangrientos, sino en coloridos prestes. El 8 de noviembre, aun sin saberlo o decirlo explícitamente, La Paz retoma la tradición milenaria del Aya Markay Killa: el mes en que las almas vuelven.

En los Andes prehispánicos, con el inicio de las lluvias llegaban las almas a visitar a sus deudos y la celebración de noviembre incluía sacar a las momias de sus chullperíos y llevarlas en festivas procesiones por pueblos y sembradíos.

Es que en la religión andina el muerto no muere nunca. Vive en un espacio alterno y paralelo a éste, nos observa y nos advierte, y si ha sido un gran líder con los años se transforma en illa o en achachila para seguir siendo parte de la comunidad y velar por ella. Por eso mismo, la muerte no es excesivamente triste: no debe serlo, pues el alma que se llora mucho se queda prendida a este mundo y se rehúsa a alejarse.

Una anciana tía puso todas las sillas de cabeza en el momento en que vio el cuerpo inerte de mi abuela. No hay que darles a los muertos la idea de que pueden quedarse, me dijo misteriosamente.

En las comunidades altiplánicas después del entierro se lava o quema la ropa usada por el difunto, para no darle la idea de que puede seguir vistiéndola. Los vivos deben dejar que los muertos se vayan, deben expulsarlos incluso, usando petardos, escobas o sortilegios. Un alma que se queda es un problema mayúsculo para la familia. Pero un alma que se queda puede, también, ser adoptada por otros y convertirse en “ñatita” milagrosa.

Hay quien desdeña estas tradiciones y la profunda filosofía que despliegan; hay quien las llama idolatría, morbosidad o ignorancia. Yo creo que describen una maravillosa manera de aceptar la muerte, incorporarla a la vida y establecer con ella una relación saludable y fluida. Pensar que las almas vienen una vez al año a celebrar con nosotros es una noción ciertamente esperanzadora.

Reunirse en familia junto al mast’aku de la casa para ver las fotografías de nuestros difuntos, comer sus platillos favoritos y compartir anécdotas sobre ellos en ciertamente una forma de perpetuar su memoria y de construir la historia de nuestras familias.

Pero siempre hay muertos olvidados, cráneos perdidos, lazos familiares rotos o estragados por el tiempo. Para ellos queda la posibilidad de ser adoptados, recibidos como hijo, padre o hermano en un nuevo núcleo familiar y ser celebrado el año entero en forma de “ñatita”. El muerto olvidado y despreciado en vida, en la muerte es cuidado y homenajeado cada martes y viernes del año.

La “ñatita” es un alma que sigue aquí, que se ha quedado, y al ser adoptada se despoja de su cualidad maligna y se convierte en protector de la familia. Se queda quedándose, se apropia del espacio y demanda las atenciones que en vida no le dieron. A cambio, esa alma se transforma en illa familiar, en achachila doméstico.

Noviembre, el mes de las almas, el mes en que comienzan las lluvias y las siembras, el mes en que se abren las puertas entre el mundo de aquí y ahora, y los otros mundos donde moran los que ya se han ido.

Puertas que se cerrarán definitivamente en Carnaval, cuando se acaba la lluvia y se aproxima la cosecha. Incluso nosotros, quienes compramos las papas en el mercado o en el supermercado y no sabemos cuándo ni cómo se siembra o se cosecha, podemos hallar consuelo y esperanza en estas tradiciones milenarias.

Es cineasta.

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