Columnistas

El Diablo y mi compadre

Para mi compadre, la culpa es del Maligno, que quiere que se incrementen los cocales para el narcotráfico.

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

00:00 / 23 de julio de 2017

En la Edad Media se creía que el Diablo era omnipresente, al igual que Dios. “Ubique daemon” (el Diablo está en todas partes) escribió Salviano, un discípulo de San Agustín. En el libro de Apocalipsis se le atribuye al Diablo la cualidad de engañar a todo el mundo, y se explica que fue precipitado a la tierra en forma de dragón como castigo. Entonces, ¿es la tierra su morada infernal?

Al escritor Jesús Urzagasti le gustaba conversar sobre el Diablo, y en varios pasajes de su obra hace alusión a su presencia. Lo hacía desde una perspectiva personal, similar al diablo interior de Paul Valery que afirmaba: “Creo en dos palabras y (ésa es toda mi metafísica y mi moral), que Dios existe y que también existe el Diablo, pero en nosotros”.

En cambio, mi compadre Teo ve estas preocupaciones desde otro punto de vista. Sus ojillos de chamán siberiano parecían dos llamas de fuego cuando me recibió en su taller, del que emanaba un fuerte olor a clefa. Detrás de él aparecían colgados varios pares de zapatos despanzurrados, esperando el baño de ese pegamento que pone eufóricos a jóvenes que no encuentran un camino y prefieren escaparse de la realidad colando sus sueños en el aire.

En la Biblia dice que Lucifer engaña a todo el mundo, que incita al mal, —¡Que está pasando en el mundo!, exclamaba mi compadre, exaltado y con los brazos en alto. Pensé que durante mi larga ausencia a su taller un grupo religioso apocalíptico lo había convertido; pero no era así. Su esposa estaba preparando su traje para la fiesta del Tata Santiago, y desde su pequeño patio nos gritaba que era porque no estábamos haciendo misas a los santos y no estábamos quemando mesas para la Pachamama y que por eso el Maligno quiere salir antes de la tierra.

Mi compadre me mostró su lista de males y engaños que el Maligno había provocado: los cocaleros no están unidos, están peleándose entre hermanos. Eso es grave para el Gobierno, porque ellos son su principal sostén. La culpa es del Maligno, que quiere que se incrementen más cocales para el narcotráfico y así ocasionar más problemas.

Un dirigente del oficialismo fue sorprendido recientemente con aproximadamente 100 kilos de cocaína en el Brasil; y en  el Beni confiscaron cerca de una tonelada de droga, pero no hay ni un solo detenido.

Tuto Quiroga va a Caracas a incitar incendios y vuelve diciendo que en Venezuela hay una terrible dictadura. Lula fue condenado a nueve años y medio de prisión por un presunto acto de corrupción, y la ilusión de sus seguidores provoca disensiones en su partido. ¡Doria Medina solicitó su incorporación a la Internacional Socialista! García Meza dice que en su dictadura no hubo narcotráfico, que sus colaboradores se sirvieron del Estado, y que el general Bernal se hizo rico en la Aduana.

Dos jueces condenan a un inocente a 30 años de cárcel por un crimen que no cometió, y como si nada, le echan la culpa a otros de su error. De los nueve bolivianos detenidos en la frontera con Chile uno es un “pájaro de cuenta”, y nadie dice nada. Otro juez liberó a un delincuente brasileño que a los pocos días liderizó un cruento asaltó en Santa Cruz, en el que murieron cinco personas, un policía y una mujer que fue utilizada como rehén (nadie quiere ser juez en el país porque el mal no se puede vencer).

Teo me repite una paremia popular que, según él, es una prueba incontrastable de la mano del Maligno: “No confíes en amigo peruano (Walter Chávez, exasesor del presidente Evo), no confíes en mujer chilena (Michelle Bachelet y los 13 puntos) ni tampoco en la Justicia boliviana (¿cuál?)”.

Debo asistir a la última novena del Tata Santiago y le invito a mi compadre y a su esposa Encarnación; pero me dice que ellos tienen otra novena, y antes de despedirme le digo que no es culpa del Diablo, sino de la desinstitucionalización del Estado boliviano, vale decir, que nadie acata las normas y las convenciones que hicimos en la Constitución Política del Estado para vivir en paz y sin corrupción. Y que ése es el verdadero Diablo. —¿Será?, me responde, incrédulo, mi compadre; entretanto, el tufillo picante de la clefa nos envuelve.

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