Columnistas

Diablo de metal

Cuidado que repitamos la historia  ahora que estamos viviendo un poderoso renacer de la minería

La Razón / A fuego lento - Édgar Arandia

01:23 / 17 de junio de 2012

En el colegio, uno de nuestros  profesores de la extinta materia de Educación Cívica nos hizo leer El Metal del Diablo, de Augusto Céspedes. Antes nos estimulaba con una frenética charla introductoria, mostraba una cucharilla y nos increpaba: Aquí, llokallas, hay estaño boliviano, sudor y sangre minera. Callaba un instante, bufaba y emprendía de nuevo con su discurso: Esta cucharilla está hecha en el Japón, porque nosotros somos ¡incapaces de hacer un clavo!

Se acercaba a la pizarra y escribía las toneladas de estaño, bismuto y zinc que Bolivia exportaba al mundo, desaflojaba su corbata y nos contaba el fracaso de la nacionalización de las minas porque  nunca habíamos logrado avanzar hasta la metalurgia y la siderurgia. Hasta ahora somos un país exportador de materia prima, condición que forjó nuestra dependencia  durante los 20 años de gobiernos liberales, iniciado por el Gral. José Manuel Pando, luego de su victoria en la Guerra Federal en 1899.

Los gobiernos liberales de entonces ofrecieron las más amplias facilidades a las empresas extranjeras para realizar las concesiones mineras. Entre 1899 y 1900, éstas llegaron apenas a la cifra de 669 en una extensión de 15.960 hectáreas. En el segundo año se duplicaron rápidamente. Todas las peticiones de concesiones eran para explotar estaño, porque la era de la plata había concluido. La libra de estaño fino llegó a cotizarse en 144 libras esterlinas, un precio espectacular para la época que permitió a los regímenes liberales iniciar sendos proyectos desarrollistas.

En 1910 se registraron 136 minas nuevas de estaño, 72 de oro, 42 de cobre, 16 de wólfram y 3 de bismuto. Las exportaciones llegaban  a 5 y medio millones de libras esterlinas, moneda   que sería luego reemplazada por el dólar norteamericano para la transacciones internacionales de las materias primas. Bolivia, un país enclaustrado  con la firma del tratado de 1904, a consecuencia  de la  Guerra del Pacífico con Chile, debía  negociar salidas para exportar sus minerales,  que el mercado mundial necesitaba tras el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914.  Así aseguro Chile el estrangulamiento de Bolivia, controlando las exportaciones y nuestra economía, como lo hace hasta  ahora.

El año de la Nacionalización de las Minas (1952) también se crea la Comibol y  las empresas nacionalizadas reciben una indemnización de $us 7.259.565, iniciando una etapa  de la minería estatal que colapsaría tres décadas después. El año 1984, la cogestión en Comibol era mayoritaria y el índice de inflación llegó al   8.200 %, 442 huelgas hacen tambalear  al gobierno de la UDP, provocando el adelantamiento de las elecciones.

El endiablado metal se caía por sus bajos  precios y ya no era el sostén del Estado, sino una rémora porque debía mantener a los mineros asalariados, pagar desahucios, seguros, etc. El Estado se había endeudado socialmente y se vislumbraba la marcha por la vida producida por el decreto 21060 de 1985,  este  permitía la privatización  de  las empresas estatales y  la libre oferta y  demanda que produjo luego un desempleo masivo y las migraciones- con toda su tradición sindical y cultural- al oriente boliviano y al Chapare, especialmente.

De allí surgió la construcción de un movimiento social que avanzó campante, asustando a las oligarquías y a las nuevos empresarios que veían, ven y quieren seguir viendo, un peligro para las inversiones. Si nos ponemos a pensar lo que ocurre, con mirada prospectiva podemos adivinar lo que nuestro profesor nos  recordaba:

¿Por qué fracasó la minería nacionalizada? Fue tal vez fue  la  nula inversión en tecnología minera avanzada, dicen unos, otros más realistas dicen: porque los precios de los minerales, llamados estratégicos desde la Primera Guerra Mundial, son fluctuantes y dependen de la demanda del mercado mundial, controlado por consorcios transnacionales, otros  aseguran que  la nacionalización  fue un  acto político que obedecía a las presiones sociales y no a una planificación con proyectos  a largo plazo. Cuidado que repitamos la historia, ahora que estamos viviendo un poderoso renacer de la minería.

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