Columnistas

Diálogo imprescindible

Es necesario escuchar al Papa y tratar de buscar un entendimiento amistoso con Chile

La Razón (Edición Impresa) / Ramiro Prudencio Lizón

00:43 / 15 de julio de 2015

El papa Francisco ha dado un gran respaldo a nuestro país, cuando manifestó que estaba pensando en el mar, y cuando comentó que todos los temas tienen soluciones por más espinosos que sean; soluciones compartidas, razonables, equitativas y duraderas. Y para lograr una solución de ese tipo, era imprescindible un diálogo franco y abierto de los problemas.

Ahora bien, el problema tradicional de nuestro país fue precisamente su renuencia a negociar el tema marítimo con Chile. Después de la última negociación oficial que se llevó a cabo sobre esta cuestión, el denominado “Enfoque fresco” (cuando se envió a Chile al ilustre escritor y diplomático don Jorge Siles), nunca más la Cancillería nacional mandó un agente diplomático a Santiago, ya sea como cónsul general o como agente confidencial, con la instructiva de tratar el tema marítimo, ni siquiera para conversar sobre él.

Y fue precisamente Chile, con el Gobierno de la Concertación, el que se preocupó de buscar entendimientos sobre la materia. Primeramente, sugirió la conformación de una comisión mixta de cuatro miembros por lado, con el propósito de que se reuniera en forma reservada para tratar el tema. Nuestra Cancillería nunca dio respuesta a esta sugestión. Luego propuso, con el mismo fin, la designación de un solo delegado por cada canciller. Estos delegados lograron reunirse muy pocas veces, ya que pronto nuestro país decidió cortar hasta ese vínculo.

Como sabemos, en el presente siglo surgió en Bolivia una buena producción de gas, elemento indispensable para el desarrollo de Chile; pero, lamentablemente, mientras ese país se desesperaba por adquirir el gas boliviano, ofreciendo un precio muy superior al que pagaba Brasil, en Bolivia hubo una violenta oposición a dicho comercio. Pues bien, el único gobierno de este siglo que decidió enfrentar el tema marítimo fue el de Eduardo Rodríguez, a través de su canciller, Armando Loaiza. Éste pidió que se incluyera dicho asunto en la reunión de consultas políticas que se llevó a cabo en Iquique en noviembre de 2005. Allí se conformó una subcomisión de cuatro miembros por lado, presidida por los dos viceministros de Relaciones Exteriores.

Como se dijo en otra oportunidad, quien llevó la batuta de la conversación fue el viceministro chileno, Cristián Barros. Éste señaló que su Cancillería ya tenía concebida una solución del problema: un corredor al norte de Arica, con continuidad territorial desde Bolivia hasta la costa, con plena soberanía. Consideró, eso sí, que se debía contemplar un canje de territorios, porque no habría ningún chileno que aceptase la reducción del territorio de su país.

Pero tiempo después, en vez de continuar con esa política de solidaridad y comprensión, Chile optó por tomar una absurda posición al no reconocer la existencia del problema de nuestro enclaustramiento. Actualmente el Gobierno chileno ha propuesto que restablezcamos relaciones diplomáticas. Esto demuestra que ya no está manteniendo una posición demasiado intransigente. No obstante se le debe explicar que correspondería llegar primeramente a un acuerdo previo antes de oficializar las relaciones, para que éstas no devengan posteriormente en una nueva ruptura, como sucedió en el pasado.

Por otra parte, es necesario escuchar al Papa y tratar de buscar un entendimiento amistoso con Chile, dejando de lado actitudes agresivas que a nada conducen. Se debería enviar a Santiago un agente diplomático con las suficientes atribuciones para tratar la cuestión marítima en forma confidencial. Este agente reiteraría allí que la demanda no es una actitud hostil a Chile, y se preocuparía en recordar asimismo las palabras del viceministro Cristián Barros en la reunión de Iquique, las cuales podrían conformar una base para una futura negociación formal.

Sabemos además que La Haya no nos va a dar un acceso soberano al mar. Solo propondría a Chile que negocie con Bolivia de buena fe. Y si esto lo pudiésemos obtener dentro de poco tiempo y al margen de la demanda, ¿para qué esperar tres o cuatro años para lograr algo semejante?

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