Columnistas

Días fuertes

La Resurrección gloriosa de Jesús confirmará el inicio de una nueva singladura de la historia

La Razón / José Gramunt de Moragas

01:45 / 04 de abril de 2012

El pasado Domingo de Ramos llegamos a los días fuertes de la pasión y muerte de Jesús. La Semana Santa empieza por su entrada a Jerusalén montado en un borriquito y no en un caballo alazán como hubiesen esperando sus propios discípulos, que aún creían que el Maestro sería proclamado monarca de Israel con gran pompa. El Jueves se reúne con los apóstoles en una cena, les lava los pies, en signo de servicio a los demás e instituye la eucaristía, que es la manera de permanecer con nosotros hasta el fin de los tiempos. Prescindo en esta breve narración de Judas el traidor, porque no deseo embrutecer esta página con tantas traiciones como registra el devenir de la raza humana.

Luego vendrá la Resurrección gloriosa, que confirmará nuestra fe en el gran misterio de la redención del género humano. Se requieren palabras inspiradas para contar y finos oídos para escuchar esa historia que escapa a toda previsión humana y que, sin embargo, sigue iluminando al mundo.

Los creyentes siguen con unción profunda los hechos históricos de los últimos días de la vida terrena de Jesús, participan de cerca en las ceremonias litúrgicas de la Iglesia y renuevan su fe, tal vez adormecida durante el resto del año por los afanes de la vida cotidiana. Para los no creyentes, esas páginas de la historia de la salvación son un enigma. Se les hace difícil creer que hace más de dos mil años “al hijo del carpintero” le condenaran a muerte en una cruz, como a un malhechor cualquiera, y sin embargo, ese “reo de muerte” cambiará el rumbo de la historia.

En los hechos que anunciaron los profetas y que escribieron los evangelistas abundan los personajes que retratan a otros muchos que se irán repitiendo en todos los tiempos. Pongamos por caso al sumo sacerdote que, no teniendo competencia judicial para sentenciar a muerte a Jesús, recurre al pretor romano para que sea la justicia del imperio la que asuma esa decisión. El pretor Poncio Pilato se lava las manos sobre este asunto y entrega al Nazareno al populacho, incitado por los propios sacerdotes prevaricadores y, además, agitadores de masas. Pilato teme que aquel judío que atraía muchos cientos de seguidores, pacíficos y desarmados, hiciera tambalear el poderío romano en el territorio dominado por la potencia imperial de Roma. En la historia de la humanidad, escasean los que asumen sus responsabilidades con valor y dignidad.

Una vez que la soldadesca ha humillado al Rey de los Judíos, escupido, azotado y coronado de espinas, le cargan la pesada cruz. No falta la mujer compadecida que, venciendo la barrera de la guardia pretoriana, lava el rostro ensangrentado de Jesús. En vista de que el peso de los maderos derriba por tres veces el cuerpo exhausto del Nazareno, uno de los guardias obliga a un transeúnte a cargar con la cruz del condenado. Lo conocemos como el Cirineo. En él están representados todos aquellos que, en el curso de los tiempos, van a tomar su propia cruz y seguir a Cristo. Entre ellos, el que conocemos como “el buen ladrón” que confiesa sus culpas y merece que el primer crucificado le recompense con un gesto más de misericordia: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

Una figura imprescindible, la madre de Jesús: por si las palabras fueran insuficientes, el arte se ha encargado de plasmar el descendimiento de Jesús, ya muerto, en brazos de su madre dolorosa. Sobre estos hechos, la Resurrección gloriosa confirmará el inicio de una nueva singladura de la historia.

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