Columnistas

Días de miedo, días de obstrucción

La crisis financiera no fue más que un síntoma de un problema más grande: la burbuja inmobiliaria.

La Razón (Edición Impresa) / Paul Krugman

00:01 / 16 de septiembre de 2018

Lehman Brothers quebró hace 10 años. La economía estadounidense ya estaba en recesión, pero el caos causado por la caída de esta compañía global de servicios financieros la precipitó por un acantilado: a lo largo del año siguiente, se perdieron 6,5 millones de empleos. Fueron tiempos aterradores. Aun así, no experimentamos una repetición completa de la Gran depresión, y hay quien afirma que el sistema funcionó, en el sentido de que los legisladores hicieron lo que se tenía que hacer para evitar una catástrofe mayor.

Pero esto es cierto solo a medias. Evitamos el desastre total, aunque, no obstante, experimentamos una caída enorme y sostenida del empleo, que tuvo como consecuencia un inmenso coste humano y económico. Es muy posible además que allanara el camino hacia la actual crisis constitucional de Estados Unidos. ¿Pero por qué duró tanto la depresión? Hay múltiples respuestas, pero el factor más importante fue el de la política: el obstruccionismo cínico y de mala fe practicado por el Partido Republicano.

Un aspecto crucial que me parece que en general sigue sin entenderse es que, a pesar de lo aterradora y lo perjudicial que resultó la crisis financiera (la interrupción de los mercados de crédito que siguió al hundimiento de Lehman), fue bastante breve. Las mediciones del estrés financiero, que incluyen cosas como el diferencial de tipos de interés de los activos de riesgo, se dispararon durante unos meses, pero enseguida volvieron a la normalidad. El aspecto puramente financiero de la crisis estaba básicamente superado en el verano de 2009.

Sin embargo, la crisis económica más general duró mucho más tiempo. El desempleo subió hasta casi el 10%, y después bajó con dolorosa lentitud. De hecho, no volvió al 5% hasta siete años después de la caída de Lehman. ¿Por qué la rápida recuperación financiera no fue seguida por una rápida recuperación económica?

En un nivel básico, la respuesta es que la crisis financiera no fue más que un síntoma de un problema más grande: el estallido de una gigantesca burbuja inmobiliaria. El pinchazo de la burbuja desencadenó una poderosa corriente descendente en la economía, tanto porque provocó una caída en picado de la inversión residencial como porque asestó un duro golpe a la riqueza de las familias, lo que redujo el gasto de los consumidores.

Por tanto, lo que exigía la crisis eran políticas de fomento del gasto, para compensar los efectos de la crisis inmobiliaria. Pero la respuesta normal (reducir los tipos de interés) no estaba disponible, porque los tipos ya rondaban el 0%. Lo que necesitábamos, por lo contrario, era un estímulo fiscal: aumento de las inversiones públicas y bajada de impuestos para las familias de rentas bajas y medias, que probablemente dedicarían ese dinero a gastos.

Y, en efecto, tuvimos un estímulo considerable. Pero no lo suficientemente grande. Y lo que es aún más importante: perdió fuerza demasiado pronto. Hacia 2013, con el desempleo todavía por encima del 7%, la Administración pública en todos los niveles apenas proporcionaba más respaldo económico que en 2007, cuando la vivienda experimentaba todavía un fuerte auge.

¿Por qué se quedó corta la respuesta ante una economía deprimida? Podemos debatir hasta el infinito si el gobierno de Obama podría haberle sacado al Congreso un estímulo mayor y más sostenido; lo que está claro es que algunos responsables no veían la necesidad de políticas más fuertes. Cuando Christina Romer, la economista jefe del Gobierno, propuso que se aumentase el estímulo, Tim Geithner, el secretario del Tesoro, descartó la propuesta tachándola de “azúcar”. Aparte de ello, los esfuerzos para combatir el desempleo tuvieron que enfrentarse al extraño consenso entre los políticos de Washington de que, a pesar del elevado desempleo y de unos tipos de interés insólitamente bajos, el verdadero problema no residía en el empleo, sino en la deuda.

Pero la razón más importante por la que la profunda depresión duró tanto fue la arrasadora oposición republicana a todo aquello que pudiera haber ayudado a contrarrestar los efectos colaterales del descalabro del sector inmobiliario.

Y cuando escribo “arrasadora” no exagero. No olvidemos que en el verano de 2011 los republicanos del Congreso amenazaron con provocar una nueva crisis financiera al negarse a elevar el límite de deuda. Su objetivo era chantajear al presidente Barack Obama para obligarlo a recortar el gasto en un momento en el que el desempleo se mantenía en el 9%, y los costes reales del endeudamiento en Estados Unidos seguían cercanos al 0%.

Ahora bien, los republicanos afirmaban que su oposición a todo aquello que pudiera limitar el desempleo masivo estaba guiada por un profundo compromiso con la responsabilidad fiscal. Pero era pura hipocresía, algo evidente para cualquiera que mirase el contenido real de las propuestas presupuestarias del Partido Republicano, que dejaban corta la estrategia de humo y espejos. Había que ser extremadamente crédulo para tomarse en serio la preocupación de los republicanos por el déficit; por desgracia, había un montón de expertos crédulos por ahí.

En cualquier caso, los acontecimientos de los dos últimos años han dejado perfectamente clara la realidad de lo que ocurrió. Los mismos políticos que declaraban fervorosamente que Estados Unidos no podía permitirse gastar dinero en sostener los puestos de trabajo durante una profunda y prolongada recesión acaban de forzar la aprobación de una enorme rebaja de impuestos para las grandes empresas y los ricos, la cual hará que se dispare el déficit, a pesar de que en la actualidad la economía está cerca del pleno empleo. No, no es que hayan abandonado su compromiso con la responsabilidad fiscal; es que, para empezar, nunca les han importado los déficits.

De modo que si queremos entender por qué la gran depresión que empezó en 2008 se prolongó tanto, arruinando la vida de tantos estadounidenses, la respuesta es la política. Concretamente, la política fracasó porque los republicanos cínicos y de mala fe prefirieron sacrificar millones de puestos de trabajo a dejar que algo bueno le ocurriese a la economía mientras un demócrata ocupaba la Casa Blanca.

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