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Dice que…

El ‘dice que...’ es la fórmula perfecta para no asumir responsabilidad ni sonrojarse al difamar.

La Razón (Edición Impresa) / Freddy Morales

01:53 / 10 de diciembre de 2016

El “dice que…” es la antesala del chisme; pero además es la identificación inequívoca de alguien que es contrario al Gobierno. Tras el “dice que…” se dispara una especulación, una confidencia de absoluta mala leche para dañar a alguna autoridad. Por lo menos hasta ahora no he escuchado un “dice que...” que luego anuncie algo a favor de la autoridad, siempre es para denigrarla.

La fórmula funcionó en el referéndum del 21 de febrero, donde, en muchos flancos, se perdió la compostura respecto de la verdad. Habrá que hilar fino para ver si en esto primero fue el huevo o la gallina. Si fueron algunos medios de comunicación con alguno de sus periodistas los que inauguraron la actual racha y de allí cundió la especulación y muchas veces la mentira en las redes sociales. O si sucedió al revés, si primero se mintió y especuló en las redes, y los medios acogieron generosamente las medias verdades para convertirlas en noticia, pues ya tenían una “fuente”.

Sea como fuere, somos testigos de una increíble pasión por el “dice que...”. Es la fórmula perfecta para no asumir responsabilidad ni sonrojarse al difamar. Esta formulita permite todo y se ha convertido en una fuente de información para unos y otros. Ambos se alimentan. Desde los medios se justifica con el argumento de que circula en las redes sociales, y éstas se realimentan con las versiones de algunos medios. El círculo perfecto del “yo no fui”.

Cada quien toma lo que le conviene y ya no importa si es verdad o mentira. Las explicaciones, las demostraciones de la falsedad no sirven. A quien le conviene, guarda el chisme para autoconvencerse: “confirmado, son delincuentes”. Y no habrá poder ni prueba que le cambie esa opinión.

Un colega me hizo dar cuenta de que el “dice que…” no es necesariamente una creación popular, sino más bien un nuevo sistema de activismo político. Un senador opositor le pasó el dato “de buena fuente” de tal escándalo con el añadido de “confírmalo, no vaya a ser que te ganen otros medios”. Cuando el colega pidió algún indicio, prueba o elemento que sustente la versión, la respuesta fue que cuidado te ganen otros medios. Y cuando se le sugirió al senador citarlo como fuente, vino el rotundo rechazo. Es que “él dice que…” puede servir como fuente, pero su principal regla es que no tiene fuente. Y ya medio mundo sabe que un partido compra “versiones”, paga por los escándalos; así mantiene “veracidad” ante sus medios. No todo lo que les dice que digan es falso.

Los efectos políticos son obvios y hasta ahora parecen dar buenos resultados. De alguna manera promueve que el ciudadano diga la mentira más descabellada con cierto nivel de orgullo, como si formara parte de una gran y valiente cruzada. Pero este juego, que hasta puede parecer inocente, además de promover la falta de la ética (lo que ya es un daño fenomenal para una sociedad), consuma delitos penales, por citar nada más que uno, la difamación. Y atenta contra varios derechos humanos y constitucionales, por citar también nada más que uno, el derecho a la información. Y de allí una cadena de etcéteras de consecuencias, por citar nada más que una, dicen que, sin información no se toman buenas decisiones.

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