Columnistas

Discursos parásitos

El problema va más allá de una ley y de un presupuesto. Es un asunto que ataca el núcleo familiar. 

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

04:33 / 07 de septiembre de 2014

Pese al cansancio que significa escuchar los discursos y las posiciones de los candidatos sobre sus planes de gobierno, no tenemos más remedio que hacerlo, y no porque queramos, sino porque es parte de nuestro trabajo indagar qué piensan hacer con nuestro patrimonio cultural (riquísimo e indefenso) pese a la nueva Ley de Patrimonio. Para nosotros los antropólogos, el enorme legado cultural que poseemos es el mejor material pedagógico para descolonizar la conciencia. Afanoso me puse a escuchar incluso los discursos, para descubrir alguna mención sobre el tema; fracasé rotundamente. No es un tema que sea de interés de la población masiva, según se entiende, por la total indiferencia de los candidatos sobre nuestro pasado-presente.

En cambio, para mi compadre Teo, el tema de la violencia contra la mujer si fue electoralizado, porque sí le interesa a la población y es la manera de encubrir la falta de programas de la oposición. Cómo si fuera novedad, me dijo, señalando la fotografía de su esposa, una clizeña de armas tomar, cuya presencia inspira no solo respeto, sino hasta temor por la juntura de sus tupidas cejas y sus gruesas trenzas. Ella puede testimoniar sobre mi comportamiento y la decisión de afiliarme a OLEO (Organización por la Liberación de Esposos Oprimidos).  

En un principio, cuando me refrescó la memoria sobre esta institución, fundada hace más de una década en El Alto, pensé que había desaparecido, sin embargo ahora tengo entendido que aún funciona. Recuerdo cuando la oficina de Violencia Intrafamiliar funcionaba en la calle Yanacocha. Cada lunes que bajaba veía largas filas de mujeres golpeadas y, en menor cantidad, hombres con los ojos en compota, cabezas con vendajes precarios y muletas. En ese tiempo la oficina de Conciliación pretendía llegar a un acuerdo entre las parejas, y muchas veces veía salir a mujeres y hombres tomados de las manos, pero en otras ocasiones las trifulcas continuaban en medio de la calle. Las policías, entrenadas para estos casos, intentaban separar a los contrincantes que se amenazaban mientras abandonaban las oficinas.

En una década muchas cosas han cambiado, el grado de beligerancia contra las mujeres es evidente, existe una ley sin presupuesto que penaliza estas perversas conductas, pero el problema va más allá de una ley y de un presupuesto. Es un asunto que ataca el núcleo familiar en su médula, que no se resuelve solo con leyes y presupuesto, lo mismo que el racismo. Tiene varias aristas: económicas, educativas, migratorias, culturales, religiosas y sociales, entre otras. Es un problema estructural del Estado mismo, igual que en México, Timbuctú y Groenlandia. En una maratón irresponsable hemos escuchado muchas sandeces y ninguna propuesta que contenga, mínimamente, un diagnóstico primario sobre la situación a nivel departamental y de las urbes bolivianas. Utilizar esta crisis moral de varios sectores de la sociedad (las clases altas las ocultan) es una falta de respeto y un manoseo a los valores humanos. Querer camuflar las faltas de plataformas ideológicas y programas de gobierno, usando discursos parásitos para justificar una carencia, pone en evidencia la pobre actuación de la oposición y del innecesario eco oficialista.

Todos los discursos de la oposición apuntan a desprestigiar al presidente Morales y al vicepresidente García Linera, como único y repetitivo remoquete, evitando afrontar los temas pendientes y, sobre todo, ocultando la falta de ofertas novedosas y alternativas al Gobierno. Desde el oficialismo también la artillería crea enormes boquetes en la frágil y dispersa oposición, generando un escenario turbio de seccional policial.

Mientras mi compadre me escucha, unos vahos de ají pasp’ado nos provocan una ligera tos, aviso de que el almuerzo está listo y debo retirarme, antes de provocar algún disturbio familiar, porque la “charla perjudica” y la disciplina impuesta “por consenso” por una hija de la cha’mpa guerra de Cliza y Ucureña tiene sus horarios establecidos.

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