Columnistas

Divorcio entre el mundo real y el financiero

Existe una superestructura financiera distorsionada, que no está fundamentada en bases reales

La Razón / Gabriel Loza Tellería

03:31 / 18 de mayo de 2013

Recientemente el Dow Jones, el índice bursátil más importante del mundo, festejó el récord de haber llegado a los 15.000 puntos, un incremento de 25% respecto al nivel alcanzado hace 12 meses, de 12.000 puntos. Las otras bolsas del mundo aumentaron en el mismo periodo un 21% en Alemania, 43% en Japón y 20% en Londres, mientras que la economía real, el producto, estaría apenas con un crecimiento promedio de 1%.

¿Y cuál es la relación entre el auge de las bolsas y el PIB? Empíricamente, cuando crecen no hay una correlación similar, pero sí cuando caen, pues entonces arrastran hacia abajo al producto, como ocurrió en la crisis financiera de 2008. Y este comportamiento ya se había observado en 1987 después del lunes negro, el 19 de octubre, en el trabajo de José Sánchez titulado El progresivo divorcio entre el mundo real y el mundo financiero.

Más de un cuarto de siglo después, seguimos observando una superestructura financiera distorsionada y no fundamentada en bases reales. Lo que debería ser un reflejo del mundo real, la relación con el producto, no lo es, puesto que se captan y asignan recursos financieros a procesos no productivos. La crisis inmobiliaria es un claro ejemplo. Aparecen las burbujas porque no hay una relación entre la valoración de los activos y su rentabilidad, se producen y reproducen papeles por medio de papeles, inclusive los títulos ya no son ni siquiera físicos, sino inmateriales, y nadie sabe dónde están, posiblemente en los paraísos fiscales.

Estamos en un mundo con crisis diferente. Antes había la hiperinflación de bienes y servicios, ahora hay una hiperinflación financiera, en los precios de los activos financieros, con una proliferación de intermediarios y de productos financieros, como los derivados, que no tienen nada que ver con el producto físico. Se titularizan materias primas y sus compras están en función de la especulación y no de la demanda y la oferta. Se hacen contratos a futuro donde ni siquiera se conoce ni se dispone del producto. Todo virtual, pero cuando se desploman las bolsas, el Estado real tiene que rescatar esos papeles sólo con valor contable.

Se supone que el sistema financiero debe contribuir al buen funcionamiento de la economía, cuyo objetivo último es la producción y distribución de bienes y servicios para satisfacer las necesidades de la gente. No obstante, parece que el fin último es la maximización de las utilidades financieras a como dé lugar. Ni siquiera que las utilidades favorezcan al país donde residen las bolsas, sino que favorecen a los accionistas del mundo uníos.

No existe relación con el llamado “riesgo país”, puesto que la bolsa de un país puede estar en pleno auge, mientras cae la calificación o nota por el riesgo de crédito de ese país. Y los medios de comunicación juegan un gran papel en esta percepción entre el bienestar de las bolsas y el bienestar de un país. Así, suenan las campanillas alegremente cuando suben las bolsas, mientras que el desempleo sube o el producto se estanca. Y cuando caen las bolsas, se encienden las luces rojas y los gobiernos deben presurosamente salvar a los bancos y empresas en crisis. Se constata así la dominancia del mundo financiero, no el divorcio, sobre el mundo real y el mundo político. Hagamos, por tanto, un brindis por la subida de las bolsas hasta la próxima crisis.

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